Golfos.net Planet

August 27, 2008

Estrella Esteve

FAQ

Bueno pues por fin he acabado con la ropa acumulada, porque la no acumulada, es decir la reciente, casi abulta lo mismo, pero esa de momento que se espere. Se habla mucho de las chicas y la ropa, pero les puedo asegurar que no tiene punto de comparación con los dos energúmenos que tengo aun en casa, en los que no incluyo a mi marido. Esos generan más ropa que un colegio de señoritas suizo. Lo peor es que uno, el mas fino en eso del vestir, amenaza con quedarse siempre … es para que no te sientas sola… ¡Sola!, con tres perros, un gato, cinco tortugas, tres de ellas asesinas a lo que hay que sumar el gallo del vecino que canta a jornada completa de sol a sol y tiro porque me toca; Y no sigo para no asustar a nadie.
Hace un año que mi hija se independizó y la verdad es que no he notado mucho la diferencia,  en cuanto a número de lavadoras, mas bien nada y eso que ella, de vez en cuando , se presenta en casa con una bolsa rebosante de jerseys. ... y si se me encogen…. dice, cómo si yo no le hubiera encogido más de uno. Eso sí ella tiene el récord.
Tengo por ahí guardada una chaquetita negra que la verdad es que tiene mérito, la dejó talla bebe de seis meses, pero igual de esponjosa. Y eso no lo hace cualquiera.
A lo que iba, que por hoy he acabado con la plancha y puedo ponerme a la faena de responder correos y como sea que son unos cuantos  los que plantean idéntica cuestión, paso a explicar como funciona eso de Lulu.com, que ya sé que tiene nombre de casa de citas, pero resulta que no, que es una especie de editorial online.  Vamos allá.

Lulu.com es un invento que funciona de la siguiente forma, tú tienes un original que puede ser igual, una relato sobre tu último viaje a la Antartida, un recetario de cocina, las memorias del abuelo o un libro de poesia (de esos hay muchos); y resutla que hace ilusión verlo en forma de libro. Ante esto caben dos opciones, si tus aspiraciones son llegar al estrellato literario te dedicas a buscar un editor tarea casi imposible que en el noventa y nueve por cien de las ocasiones lleva a la frustración y de ahí al psiquitra o te lo montas por tu cuenta. Ya aviso que vender lo que se dice vender poco, que no apareces en ningún canón literario, pero sirve por ejemplo para dar respuesta a los incondicionales del papel. En mi caso es una solución para esas personas que han seguido fiel y tenazmente la lectura del verano” (de verdad que nunca me hubiera imaginado que fueran tantos, gracias mil) y que a pesar de haberlo leido a lo largo del mes desean tener el ejemplar en papel. Pues ahi esta Lulu. La cosa es muy simple se sigue el enlace que hay al final de cada una de las entregas de “A toda vela” o se entra directamente en mi tienda en Lulua.

Desde ahí se puede hacer la compra mediante targeta de credito y pocos días después, eso depende de cada país y población (lulu presta servicio en casi todo el mundo) te mandan el ejemplar a casa. He de advertir que al precio del libro hay que sumarle el del transporte, creo que unos cuatro euros, al cambio ni idea depende de cada cual, ese importe es el mismo para 1 o 10 ejemplares.
Y ya está. Por el otro lado, que es el mio, Lulu, no me cuesta un puñetero euro. Eso sí todo te lo haces tu solito, el maquetaje, la portada y también las erratas, que las hay. Si vendes un libro tienes tus derechos de autor correspondientes, considerableemtne más elevados que los que pagan las editoriales al uso. Y si no vendes nada, pues tampoco te ha costado un duro.
Si tenéis un recetario de vuestra tía, las memorias del abuelo, o simplemtne queréis dar forma de libro a los recuerdos de vuestros . Lulu es una solución fácil y economica. Conste que no tengo ningúna comisión.
Bueno pues creo que con esta explicación ya queda más o menos claro.
Mas preguntas. en la siguiente entrega de .
Hasta mañana.

by admin at August 27, 2008 11:53 PM

August 26, 2008

Estrella Esteve

Hem fet el cim! - Llegamos a la cima! (o casi)

Pues como ya dije a finales de julio me he tomado unas vacaciones; lo que no quiere decir que haya cogido las maletas y ¡hala! para el aeropuerto. No, no eso lo dejo para mejores tiempos menos aglomerados. Así que la mayor parte del mes lo he pasado en casa que, con mucho, es donde mejor se está. Salvo…. salvo este pasado fin de semana que a mi señor marido le dio por subir una montaña. La Tossa Plana de Llés.

En catalán dícese Tossa de cualquier montaña de forma más o menos cónica (cómo casi todas) roma en la cima, es decir algo plana. Bueno pues esta además de Tossa se llama Plana (lo de Llés es por el pueblecito que hay a sus pies). La aparente redundancia entre Tossa y Plana podría llevar a cierto equívoco, pues eso exactamente es lo que me ha pasado a mi este fin de semana. Que me he equivocado de lugar y casi diría que de siglo. Porque el siglo pasado yo tenía dos piernas enteras, con sus meniscos y ligamentos correspondientes, ahora mi rodilla izquierda es una versión light de robocop.

- No cariño si no te ves con ánimos puedes quedarte en el coche.

¿Saben donde estaba el coche?. Pues en un descampado en medio de la montaña, teniendo por toda compañía un montón de vacas con sus correspondientes moscas y tábanos. Ante tal perspectiva, qué haces, pues nada para el monte.

- Si quieres te puedes quedar en el “Pla de les Someres” (el Llano de las burras). Pues sí hombre en eso estaba yo pensando.

Total que de vaca a burra y tiro por que me toca, cuando quise darme cuenta había llegado a la cota 2.850, a tan solo escasos setenta metros de la cima, que si, arriba era plana pero yo eso ya no lo vi.
Mientras yo, agazapada tras unas piedras que no levantaban más de dos palmos del suelo (hacía un viento de tres pares de huevos y eso es mucho viento), intentaba salvaguardar la integridad física de mi pobre Lola, perra montañera donde las haya, de las perversas intenciones de un depredador alado que dibujaba sospechosos círculos en el cielo contra el sol, para que no lo viera y que tenía  como objetivo primordial tomarse un apaeritivo conlos escasos 6 kilos de mi schanuzer mini (por cierto su padre acaba de ser declarado campeón del mundo, maldita la gracia que me hace eso a mi  y ella menos con su  megaesofago.)

Pues mientras todo esto pasaba ellos, porque no iba mi marido solo a su lado tenía dos cómplices en forma hija y yerno, estampaban su firma en la libreta que a tal efecto dejó alguien en la cima debidamente protegida bajos unas piedras metida en una bolsa de plástico.
Eso de dejar una libreta, al parecer es costumbre. Semejante proeza merece dejar testimonio escrito, como el de aquel chaval de 12 años.

NO VUELVO MÁS, estoy congelado, me duelen los pies, tengo hambre cansancio etc. No es demasiado agradable, si tiene algo de positivo que me avisen (…) . Y cierra su crónica con un dibujo en el que se incluye dentro de un cubo con dos flechas “Yo” “cubito de hielo”.
Claro que no todos se lo toman de la misma manera, para muestra un botón.

Hemos llegado a la cima!! dicen un par de aguerridos excursionistas cuyos nombres omitiré. Hemos echado un polvete (forma coloquial de referirse a joder o hacer el amor) en el circulo de piedras, hemos dejado un condón debajo de la piedra roja. Animaos, hace frio pero te quedas como nuevo… No lo dudo.
Mi marido/hija/yerno también quisieron dejar testimonio de su gesta.

Empezaron, cómo no, con el consabido “Hem fet el cim” que desde que los primeros catalanes subieron al Everest es la forma usual de referirse a este tipo de hazañas.  Primero el Carlit (bueno, bueno ese no llegaron arriba de todo), después el Canigó (ese sí lo subieron) y ahora la Tossa Plana (¿Plana? ya te daré yo a tí plana).  Tras unas referencias a la meteorología del momento, que ya me dirás tú a quien le importan, por fin  viene lo interesante.  Fotos de la ascensión y detalles escabrosos en www.estrellaesteve.com , ¡Eso es una hija! publicitando a su madre.
Pues si señores, si suben la Tossa Plana de Llés, que ya son ganas, se encontrarán con un, llamemoslo un anuncio, de esta mi web que también es la vuestra.
Debajo mi marido añadió. Estrella está atada un poco más abajo si la dejábamos subir acababa el libro escribiendo.
Pues no le faltaba razón.

Mañana intentaré dar respuesta a vuestros mails, es que hoy tengo que planchar todo lo que lavé ayer.
Hasta mañana.

by admin at August 26, 2008 11:29 PM

August 25, 2008

Estrella Esteve

Don’t worry be happy

Don't worry be happy

Bueno pues ya veis, he calculado mal, estamos a 26, ayer se acabó la novela por entregas, por cierto aunque ya hablaré de esto con más calma vaya por delante mi mas sincero agradecimiento a todos los que dia tras día la habéis ido siguiendo, de verdad que no me lo esperaba pero esta mañana he abierto el Analytics, ya sabeis aquello de las audiencias intergalacticas y me he quedado de una pieza y todo o casi todo gracias a los que estáis más allá del atlántico, los del sur y también los del norte. Gracias, de verdad que no me lo esperaba.

Dicho esto permitidme que me vaya a cumplir con tareas mucho menos reconfortantes cuales son: poner lavadoras (voy por la cuarta) tender, doblar/planchar y posterior reparto del contenido de dichas lavadoras.  Puesta a punto del congelador que el pobre está de cuerpo presente, porque a  alguien, no diré quién, se le olvidó cerrar la puerta. He pensado analizar las huellas dactilares para encontrar al culpable, pero hay tantas. Después está lo del aspirador que tiene un empacho de suciedad, cosa normal cuando se intentan aspirar con él la tierra del jardín y no se tiene la precaución de vaciar el contenido, lo del horno mejor  olvidarlo  y lo de la Vitro, bueno eso es…

En fin que nada que me voy a lo mio, a ver si acabo y mañana me pongo a tono.

Muchas gracias a todos por estar ahí.

by admin at August 25, 2008 11:07 PM

Marc Fargas

Nokia Beta Labs stickers

Three days ago Nokia Beta Labs announced they were giving stickers for free (20 stickers for the 50 first ones). Today, three days after, I got my 20 stickers!

Nokia Beta Labs stickers

Maybe they should have send 10 stickers to the 100 first ones, I'll have a hard time looking where to put so many stickers!

Anyway, thanks Nokia :P

by Marc Fargas at August 25, 2008 10:36 AM

August 24, 2008

Estrella Esteve

A toda vela - 25

Con las primeras luces del día saqué del mar dos bonitos de palmo y medio el primero y casi tres el segundo. A eso de las siete un grupo de delfines se puso a mi lado como acompañándome, poco después fue una tortuga la que me saludó con su aleta.
Navegar teniendo como única guía la estrella polar no supone gran dificultad si te diriges al norte, cual era nuestro caso, y la noche es clara. Pero cuando sale el sol la cosa se complica.
- Ventura, ¿estás ahí? Cambio
- Si. Cambio
- Oye que ya no se ve la polar… Cambio.
- ¿y?, Cambio
- Pues eso… Cambio
-Tranquilo que ahí delante todo lo que hay es costa. Tarragona, Barcelona, Francia, pero costa. Corto.
A eso de las nueve José Carlos salió de la cabina.
- ¿aun no llegamos?
- No.
- Cagonla.
Por fin a eso de las cinco de la tarde divisamos la costa y después de discutir si aquellas bolas blancas que se adivinaban en la lejanía eran la petroquímica de Tarragona o el puerto de Barcelona, al fin pudimos comprobar que Ventura, y la polar sabían muy bien el camino para llegar a casa
El viaje tocaba a su fin, pero aun tendría que enfrentarme a un último imprevisto.
A poca distancia de la escollera del puerto. José Carlos se puso al timón, yo me fui hacia la botavara para recoger las velas, paso ineludible antes de entrar a puerto. Y entonces fue cuando a darle al contacto pasó lo de siempre.
- Cagon, las pelotas de Senaquerib.
Pero esta vez el problema no era una la famosa ni nada parecido, esta vez simplemente nos habíamos quedado sin gas-oil.
- Tranquilos, tengo un bidón.
Sí, José Carlos tenía un bidón, un flamante bidón de gas-oil, nuevo a estrenar. Nuevo y claro está vacío.
- ¿Tenéis algún problema? Cambio – preguntó Ventura que ya entraba a puerto.
- Nada que no tenemos gasoil. Cambio – respondí.
- Tranquilos ahora doy la vuelta y vengo a remolcaros.
Dijo Ventura, solícito como siempre.
- Y una mierda voy a entrar yo en el puerto remolcado. ¡Miguel!. Tu preparado con la Génova, que yo me ocupo de la mayor. Allá vamos.
Con una mano en el timón otra en la contra de la mayor; un cigarrillo en los labios, las Ray ban en la frente y la gorra de los fortyniners en la cabeza, José Carlos enfiló la bocana del puerto como desde los tiempos que no se veía.
Con menos dificultades de las que cabía preveer El Escándalo salvo la escollera y hizo el primer giro a estribos. Pero cuando llegó el momento de enfilar el estrecho pasadizo que llevaba hasta el pantalán donde teníamos que meter el barco, la botavara se fue para un lado el timón para el otro, lo que provocó la histeria del capitán del puerto que por lo que cobraba por su trabajo no se merecía semejante sufrimiento, el espanto de los marineros, la sorpresa de los muchachos de la escuela de vela, los gritos de unos conocidos de José Carlos que en aquel momento tomaban un aperitivo en la terraza de un bar y a los que José Carlos aun tuvo tiempo de saludar con la mano; nada de todo esto pudo evitar lo inevitable y el Escándalo puso punto final a aquellas gloriosas vacaciones con la proa sobre un smart estacionado en el puerto, ante la sorpresa de unos y la admiración de los otros.
- Si señor.
De aquellos veinticinco días en el mar extraje una conclusión, que las vacaciones como los albañiles o las comidas familiares están en permanente estado de gracia divina.
Damos gracias a Dios cuando empiezan y muchas más cuando acaban.

Agradecimientos
Antes de poner punto y final me gustaría enviar desde estas paginas un afectuoso recuerdo a los patrones de El Escándalo, el South Pacífic, el Drakkar, el Inpavic, el Silvia, el Desacato, el Kefalos; el Baldufeta, el Golfet IV, el Xooof, el Viva y el Amigo. Agradeciendo al mismo tiempo sus involuntarias aportaciones, sin las que me habría sido imposible llevar este libro a buen puerto.
También quisiera poner de manifiesto mi admiración por los patrones de “El Plástic Fantástic, el Flota-mágic, y el Todatiesa, a quines no conozco personalmente, pero que por el valor e imaginación puesta de manifiesto en el momento de elegir nombre para sus veleros se hacen merecedores de este pequeño homenaje.
Capítulo a parte son los patrones de La Vendette, el Regió 7, el Esparrago y el Purtzel, barcos que por su avanzado diseño y equipamiento son modelos a seguir.
También hay que mencionar al capitán y la marinería del Puerto Deportivo de El Masnou, a la Escuela de Vela del Club Náutic de El Masnou y al 932107474 (teléfono del tiempo) y en general a todos aquellos que un día sintieron el grito del mar y no pudieron resistirse a ese impulso y embarcaron la , el televisor, el/los perros y el hámster de la nena para compartir con ellos el espectáculo de un atardecer de verano cuando las luces de la autopista se desvanecen en la calima y el resplandor de la ciudad se funde en el horizonte, mientras ellos en el interior de la cabina buscaban desesperadamente su camino en el mar.
Por último, y desde la más profunda y sincera admiración, quiero rendir homenaje público a todas esas mujeres que un atardecer de verano, cuando las luces de la autopista se desvanecen en la calima y el resplandor de la ciudad se funde en el horizonte, bajo un cielo de estrellas, mientras sus maridos otean el horizonte; ellas, después de haber ordenado la despensa, la nevera, limpiado el suelo, fregado el baño, echo las camas, colocado en su sitio la ropa de los niños, la del marido y la suya propia, limpiado la cubierta, ayudado con a amarrar la barca, preparar unas pizzas para los niños y una tortilla de patatas para el marido que no le gustan las pizzas, lavado los platos de la cena, atado la jaula del hamsters, después de haber preparado los bocadillos y los termos de café para pasar la noche, y estar hasta las dos de la madrugada compartiendo la soledad del mar con el marido, finalmente deciden irse a la cama porque a ella esto de la vela no es que no les guste, no. Solo que no les acaba de convencer.


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by admin at August 24, 2008 11:15 PM

August 23, 2008

Estrella Esteve

A toda vela - 24

- ¡Un barco!
Llevábamos algo más de tres horas prisioneros de la más absoluta oscuridad cuando Ana vio una luz brillar en el horizonte.
- ¡Rápido, las bengalas! – gritó José Carlos
Y ahora sí que estoy en disposición de afirmar que las bengalas no son como los yogures.
José Carlos encendió una bengala, emocionados la vimos elevarse, uno, dos, tres cuatro y cinco metros pero antes de llegar a la altura del palo, se dio media vuelta y se nos vino encima.
- ¡La puta!.
Fue una suerte que no cayera sobre el barco. Pero aquella noche en medio de un festival de humo y llamas vimos morir a nuestra querida Eugenia. Pero su sacrificio no fue en vano porque dos horas más tarde llegaba a nuestro costado el Baldufeta III, patroneado por Ventura, un hombre prudente como pocos que y siempre estaba ojo avizor. Gracias a él y su completo arsenal de herramientas pudimos reemprender la marcha. Cinco horas después llegábamos a Andratx, solos, porque el Baldufeta III de los cuatro nudos no pasaba y eso contando con viento y mar a favor.
Cuando aún no hacía seis horas que estábamos fondeados, se levantó una tramontana de las que dejan recuerdo, y en pocas horas el gran puerto natural del noroeste de Mallorca se llenó de barcos de todos tamaños y nacionalidades con un único objetivo, protegerse del temporal que duró dos días con sus correspondientes noches a los que hay que añadir dos más para que bajase el mar de fondo.
Sin Eugenia para desplazarnos y ante la imposibilidad de entrar a puerto que, como siempre, estaba a reventar, parecíamos condenados al más total y absoluto aislamiento; pero ahí estaba Ventura, casualmente fondeado a escasos quince metros de nosotros.
- ¿Necesitáis algo? Si queréis bajar a puerto, solo tenéis que decírmelo. ¿Queréis que os tire la basura? ¿Necesitáis pan?
- Pesao que es ese tío. ¡Ventura! Necesito ir a comprar tabaco.
- ¡Voy!
Apenas sacábamos la nariz en cubierta Ventura ponía en marcha el motor de su barquita y allí lo teníamos; dispuesto a ayudar en lo que hiciera falta, lo teníamos a él y también a Dolores, su mujer.
Ventura y Dolores eran una pareja muy unida, juntos habían subido el Canigó, en aquellos tiempos que repartían su vida entre el pisito de Sants y la tienda de campaña, después fue la caravana. Con la Baldufeta II, así la llamaban, recorrieron media Europa, siempre juntos. Y juntos seguían ahora en el barco y también en la auxiliar.
La situación casi carcelaria en que vivíamos elevaba la tensión y cómo es normal José Carlos fumaba más que de costumbre; cada dos por tres tenía que bajar a por tabaco, a tomar un carajillo, un cubata, cualquier excusa era buena para salir del barco. Mercedes cuando no se tenía que depilar las piernas, quería ir a la peluquería o a comprar un pareo. De quedarse sola en el barco, Ana ni hablar y yo menos.
Las dimensiones de la barquita de Ventura no eran las idóneas para transportar seis adultos y por ese motivo viajábamos de pie. Lo que acabó por convertirse en uno de los espectáculos favoritos de nuestros vecinos, que sin ningún recato cruzaban apuestas acerca de nuestra estabilidad.
Un día tuvimos la mala fortuna de cruzarnos con otra barquita, algo mayor, no mucho, que la nuestra. José Carlos perdió el equilibrio y no se le ocurrió otra cosa que agarrarse a Mercedes quien siempre tan distinguida, reaccionó soltándole un codazo. Lamentablemente en su trayectoria ya no estaba el estómago de José Carlos sino mis costillas. Ana, al ver que me doblada de dolor, quiso socorrerme y al hacerlo provocó un repentino desplazamiento de la carga hacía el costado de babor, que Dolores quiso compensar inclinándose hacia estribor, al más puro velero de competición. Ventura que bebe los cielos por su mujer, pensó que como estaba con la regla y suele tener la tensión baja, quizá sufría un desmayo y sin pensárselo dos segundo, porque si lo hubiera pensado se hubiera quedado quieto, corrió a socorrerla; lo de correr es un decir, claro. El resultado fue que instantes después estábamos todos en el agua, recibiendo los aplausos de unos alemanes que por los gestos, parecían haber ganado la apuesta que mantenían con unos italianos.
Por fin llegó el día en que viento y mar encalmaron y con la calma llegó el momento de partir. Pero el viaje de regreso tenía dificultades añadidas. Todo lo que tenía algo que ver con la electricidad había quedado fuera de servicio, eso incluía, además de la nevera, todo el equipo de navegación, piloto automático, y demás artilugios náuticos. Eugenia era un recuerdo y el equipo de emergencia inexistente.
En estas condiciones, lanzase a mar abierto habría sido una grave imprudencia que solo alguien con dos dedos de frente incapaz de ver mas allá de la coronita de su Roles sería capaz de cometer.
Estaba sentado en la popa pensando cómo disuadir a José Carlos de semejante disparate cuando escuche la amigable voz de Ventura.
- Hola Miguel. Tenéis basura. Esto, perdona, os quería pedir un favor. Es que como mi barco es tan pequeño y el mar tan grande. La verdad, es que no me gusta hacer la travesía solo, y si no os importa me gustaría con vosotros. En el mar pueden pasar muchas cosa y más de noche.
Esta última frase me reconfortó, por una vez parecía que había elegido el compañero adecuado. Me costó un poco convencer a José Carlos de la conveniencia de viajar con Ventura
- Qué querías que hiciera el hombre ha insistido tanto, y recuerda que nos hizo un gran favor allí en medio. Comprende que ir con el cascarón ese, debe acojonar…
- Bueno vale, pero conste que me toca mucho los huevos.
- Esto por cierto, he quedado que irá él delante.
- ¡¿Qué?!
- Si es para no perderlo.
- Manda guevos. Mira ya te espabilaras yo no quiero saber nada, en cuanto salgamos me meto en la calma y no me despiertes hasta que estemos en El Masnou.

Después de cargar bebidas y bocadillos en cantidad y repartirnos una maravillosa tortilla de patatas hecha por Dolores, a eso de las nueve y media de la noche nos hacíamos a la mar.
El Baldufeta III, patroneado por Ventura abría la marcha y nosotros detrás bostezando, porque marinero, lo que se dice marinero el Baldufeta III lo era y mucho, pero lento también.
- Y dices que ese tío lleva equipo de navegación.
- Me ha dicho que es infalible.
- Coño debe ser un 1.AZ38. A saber de donde ha sacado el dinero para comprárselo.  ¿A qué dices que se dedica?.
Al poco de salir a mar abierto el Baldufeta redujo la poca velocidad que llevaba y nosotros, pensando que tenía alguna dificultad nos pusimos a su costado.
- ¿Algún problema!?
- No, nada-  contestó Ventura que estaba subido a la popa, justo detrás del estay,  con un ojo cerrado y el otro abierto mirando en dirección al mástil. Dolores estaba en la caña del timón mirando a su marido con una mezcla de atención y veneración.
- Nena un poco más hacia babor. Un poco más. Más. ¡Así!.
Y Ventura saltó a la bañera, cogió una cuerda que tenía ya preparada sujeta en el pasamano y la ató a la caña firmemente, después hizo lo propio con otra que tenía en el otro costado.
- Ya está.
- Ya está ¿el qué?.
- El rumbo fijado
José Carlos se dio media vuelta y en toda la noche  ya no se dejó ver.
Para Ventura navegar era algo tan simple o difícil como buscar la polar, atar la caña y ponerse a cenar. A su popa un velero de narices equipado con un sofisticado e inservible sistema de navegación que constaba un huevo seguía su estela haciendo el curricán.

Continuará…
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by admin at August 23, 2008 11:51 PM

August 22, 2008

Estrella Esteve

A toda vela - 23

El 16 de agosto después comer algo y sacarnos la telarañas de los ojos y las nubes de la cabeza, poníamos proa a Andratx, las vacaciones tocaban a su fin. Era hora de iniciar el viaje de regreso.
Cuando hacía unas cuatro horas que estábamos navegando empecé a notar los efectos secundarios de una noche a ritmo de megamix. La tranquilidad del mar, el suave airecillo que nos empujaba pero sobretodo el cansancio acumulado hicieron que cayera una dulce siesta. Cuando abrí los ojos el aire y la humedad se me habían metido bajo la piel, parecía que hubieran pasado solo unos minutos, pero ya era de noche.
Después del gran esfuerzo que para su delicada constitución física había supuesto la estancia en Ibiza, Mercedes también dormía sobre cubierta sin darse cuenta que el sol hacía horas que se había ocultado. Anna, hacía lo propio delante de un televisor apagado y José Carlos con el brazo colgando del timón roncaba como un oso.
- ¡José Carlos!
- ¡qué! - Respondieron todos a la vez.
Estábamos en medio del mar con las velas flameando y sin tener puñetera idea de donde estaba Mallorca.
- Tranquilos que no pasa nada.
José Carlos bajó a la cabina a consultar nuestra posición con el de la pantallita, pero el tampoco respondió.
En esto de la electricidad los barcos son como los coches. Mientras el motor funciona las baterías se van cargando y en principio salvo avería, la cosa va tirando. Pero si una noche al salir de la discoteca te da por meterte por un camino solitario para disfrutar de la panorámica con la chica con la que acabas de ligar y para hacer el momento más especial pones a toda castaña los cuatro altavoces y el buffer, y si además como estás un poco nervioso no paras de encender cigarrillos con el encendedor del coche, y como hace un poco de fresco pones la calefacción y como sea que después la cosa se anima acabas poniendo el aire acondicionado, y si por un despiste con el codo le das al botón de la luneta térmica, y si concentrado como estás tampoco te das cuenta de que con el pie has puesto las largas y los warnings. Lo más probable es que entre la preparación de la estrategia, las primeras incursiones, el ataque propiamente dicho, la retirada y el epilogo, que por aquello de quedar bien se prolonga un buen rato, pues en estas circunstancias lo más probable es que una hora y media después te hayas quedado sin batería y tengas que llamar al coche de asistencia o decirle a la chica que se ponga el tanga y empuje el coche.
Pues eso más o menos es lo que le pasó al Escándalo.
Como hacía buena mar y el viento no era ni mucho ni demasiado poco y además soplaba exactamente en nuestra dirección, navegábamos a vela sin motor. Pero como para navegar a vela, según para quien, puede resultar aburrido y con algo hay que entretenerse Mercedes había enchufado el trasto ese que usa para alisarse el cabello y que desgraciadamente se quedó encendido todo el día. José Carlos hizo un montón de llamadas y claro al final tuvo que poner el teléfono a cargar y ya puestos puso también la máquina de fotos, la de video, que en todo el viaje no había usado, y la ipod. Servicial como pocos de vuelta a cubierta encendió el horno porque para cenar le apetecía pizza. A Ana no se le puede recriminar que quisiera saber como está el mundo y por eso se puso a ver las noticias, pero en agosto, salvo que a alguien se le ocurra organizar una guerra, las noticias suelen ser muy aburridas, por ese motivo antes de la información deportiva ya se había quedado dormida y la tele en marcha.
Al cacharro de Mercedes, el teléfono, la cámara, la ipod, la tele, y el horno había que sumar todos esos pequeños artilugios tecnologicos que hacen que navegar con el viento sea más romántico y confortable, es decir: el de la pantallita, el piloto automático, la cadena de música, el equipo de navegación, la sonda de profundidad, el radar, la radio y la nevera, que como siempre estaba al máximo.
Todo mientras navegábamos a vela y por tanto con el motor parado, lo que quiere decir que nadie reponía la energía que gastábamos.
- Tranquilos. Ahora conecto la otra batería.
Pero cuando José Carlos le dio al botón correspondiente se oyo un chispazo de los que asustan, seguido de un fogonazo.
- Cagon el Miranda.
Y allí nos quedamos, en medio del mar, sin viento, sin radio, sin cobertura y lo que aun es peor, sin nevera
continuará….
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by admin at August 22, 2008 11:11 PM

A toda vela - 22

Ana y Mercedes estaban aun en las duchas y tenían para rato. Para matar la espera José Carlos entró en la cabina, dejando sus huellas impresas sobre la cubierta acabada de fregar, y al poco, justo cuando acababa de sacar las marcas de sus pisadas salió de nuevo con dos cervezas en la mano.
- Miguel que te parece si mientas esperamos que las señoras acaben, aprovechamos para pasar cuentas.
De no ser porque casi no había comido, seguro que aquella sorprendente proposición, aquella repentina magnificencia, aquel alarde de generosidad me habrían cortado la digestión. En aquel momento recuperé la fe, por fin Dios parecía haber escuchado mis plegarias. José Carlos quería pasar cuentas.
Como flotando en una nube corrí a mi cabina donde, como buen empleado de la Caixa, guardaba una libreta donde había registrado todos, absolutamente todos los gastos, desde la tienda de Masnou, de tan amargo recuerdo, hasta el palo de la fregona, pasando por las dos correas, la grúa de Pollença, los nueve enchufes, el alargo, las 18 conexiones de manguera, mosquetones, amarres, cervezas, tabaco, croissant hasta el pollo a l’ast de Cala Vedella estaba allí convenientemente contabilizado; todo estaba en mi libreta.
- En total 6.482 euros con 46 céntimos.
- Me parece que te has dejado algo.
- El ¿qué?
- La caldereta de Pollença.
- No, no déjalo. Eso invito yo.
- Ni habla, tú aquí eres mi invitado, mi compañero de viaje y entre compañeros se comparte todo. Resumiendo que sobre unos 3.000 euros…
- 3.241 con 23 céntimos. Para ser más precisos.
Con sus manos perfectas sin una pequeña dureza ni una diminuta brizna de suciedad bajo las uñas, José Carlos sacó del bolsillo una magnifica cartera hecha con la piel de algún animal con más pedigrí que una vaca, de donde sacó un talonario nuevo a estrenar de la Banca do Spirito Santo del que extendió un talón por #tres mil doscientos cuarenta y un euros con veintitrés céntimos#.
- Oye, te lo hago barrado. Solo por más seguridad.
- Si, si. Por mi cómo si quieres ponerlo nominativo.
Por la noche cenamos en un restaurante de la parte antigua y de allí a una discoteca y a otra y a otra. En todas la escena era la misma, José Carlos al volante de con aquel monstruo de cuatro ruedas que maltrataba más que conducía, llegaba a la puerta de la discoteca y ante el asombro, y pánico de los allí presente, hacía chirriar las ruedas. Después con una agilidad que no se consigue gestionando hipotecas, saltaba del vehículo, lanzaba las llaves al portero de turno y para adentro, sin colas, sin seguratas y por supuesto sin pagar.
- Miguel en esta vida todo es cuestión de apariencias
Y mientras lo decía con su sonrisa resplandeciente, que bajo las luces de la discoteca tomaba un extraño brillo, me iba dando golpecitos en el hombro, unos golpecitos que no sé porqué yo sentía más abajo, justo donde llevaba que contenía aquel talón de 3.241 euros con 23 céntimos de la Banca do Spirito Santo.
En la tercera discoteca Ana y yo pedimos un taxi y nos fuimos a dormir.
continuará…
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by admin at August 22, 2008 12:16 AM

August 20, 2008

Estrella Esteve

A toda vela - 21

A lo largo de aquellos días había aprendido a lavarme los dientes sin darme golpes en la cabeza con el ventanuco del baño, ni destrozarme el codo con la puerta. Las cuestiones fisiológicas menores normalmente las resolvía por la borda siempre  a sotavento, claro. Las otras, las mayores, hacía como los marineros curtidos hacen con los amores, y las iba dejando una en cada puerto.
- Miguel, estos días has trabajado demasiado – dijo él afectuosamente al tiempo que ponía la mano sobre mi hombro – Mira, para que esté contento hoy me ocuparé de todo. Tu ve y dúchate tranquilo.
Por si acaso aquella repentina amabilidad era un fenómeno pasajero, cogí el neceser, la toalla y para las duchas que me fui.
Al llegar ante lo que yo suponía eran los servicios de caballeros, la puerta se abrió de golpe y de un pelo fue que no me aplastara la nariz.
- ¡huy!. Perdone – dijo una rubia espatarrante que bestia una minifalda de un rojo apabullante, que acababa de salir de las duchas acompañada por una morena no menos impresionante con unos pantalones que a ojos de alguien que no fuera un hombre resultaría casi insultante, tanto por su exiguo tamaño, como por las increíbles piernas que había debajo.
Menos mal, pensé. Suerte de esas chicas, iba tan metido en mis pensamientos que por poco no me meto en las duchas de señoras. Así pues, abrí la otra puerta y después de dejar el neceser sobre el lavamanos, me metí en la ducha.
Estar allí debajo, dejando que el agua calentita resbalase por mi barriga, frotándome las axilas y las vergüenzas con la esponja, sabiendo que no era yo quien se estaba ocupando de llenar el depósito de agua, conectar la electricidad, montar el toldo y limpiar la cubierta; resultaba una sensación especialmente reconfortante.
- Nena venga sácate las braguitas y métete en la ducha, que ahora venga a lavarte el cabello.
De repente abrí los ojos asustado y el jabón se me metió dentro..
- ¿Crees que me tendría que depilar las axilas?
- Yo de ti esperaría un par de díass, aun no se te ven demasiado.
- Ay no sé. Desdeluego esto de depilarse es un rollo, no entiendo a los jóvenes estos que ahora les ha dado por depilarse:
- Jovenes y no tan jóvenes. Paco sin ir más lejos.
- ¡Paco se depila!.
- si hija, hace un año que se depila. No te habías fijado.
- Pensaba que era así.
- No que va. Dice que es por la bicicleta, ya me dirás si es una bicicleta estática.
A pesar de que aquel tema de conversación podia resultar muy interesante, la verdad es que  yo habría preferido no escucharlo.
- ¡Mama! ¡mama! Aquí hay un señor – dijo una niña que seguramente era muy graciosa pero que tenia la mala costumbre de meter la nariz donde no debía.
- Nena. ¡ Por dios!  sal de aquí. Pero qué estas haciendo eso no se hace – dijo la que por el tono era la señora del tal Paco.
- Es un señor – insistía la niña.
Entonces escuché unos pasos que se acercaban a mi puerta,  y  imagine a la niña señalando la parte baja de la puerta, a la madre agachándose no tanto por curiosidad como por desmentir la afirmación de la niña y  entonces fue cuando miré mis piernas, mis peludas piernas varoniles.
En una proeza gimnástica totalmente fuera de mi capacidad  intenté  pegué la espalda a la pared al tiempo que levantaba ambas piernas y las apoyaba en la pared opuesta, en un intento por sacar mis piernas del angulo de visión.
Pero fuera por la poca consistencia de mi masa muscular,  por el exceso de carga en la zona abdominal o porqué el colgador al que me agarré no estaba lo bastante bien sujeto a la pared, fuera por lo que fuera el hecho es que el colgador cedió y con el yo.
Cuando la madre miró bajo la puerta lo que vio fue a un hombre en precario convertido en un amasijo de carne echado en el suelo de la ducha, con las vergüenzas apuntando hacia ella.
- ¡Ah! – grito la madre
- ¡Ah! – gritó la amiga de la madre.
- Lo ves mamá es un señor – dijo la niña.
En un gesto instintivo me llevé las manos a las vergüenzas al tiempo que cruzaba las piernas en un vano intento de tapar lo que no había forma de tapar.
- ¡Depravado!
Sin posibilidad alguna de defensa fui atacado por dos mujeres al borde de la histeria que defendían su honor y el de la niña a base de patadas y golpes de neceser.  Como pude me envolví la toalla a la cintura justo antes de que me echasen a empujones de allí. A tientas, porque el jabón me había dejado medio ciego, con una mano aguantándome la toalla y con el neceser en la boca abrí la puerta de al lado.
- ¡Hola! Guapo –  Dijo un joven de pechos exuberantes.

- Caray, esto sí que es rapidez- dijo José Carlos al verme llegar – Pues mira me va muy bien que ya estés aquí. Podrías ir llenando el depósito mientras yo voy a mirar lo del coche. Pero no hagas nada más, del resto me ocupo yo cuando vuelva.
En la ducha del barco acabe de aclararme el pelo,  me afeité y me puse colirio en los ojos. Una vez vestido y como fuera que José Carlos tardaba, me puse un sombrero de paja de Mercedes, gafas oscuras y subí a cubierta. Des esta forma camuflado difícilmente podría ser reconocido por las madres furibundas.
Mientras esperaba me entretuve buscando una torreta para conectar el barco, pero como fuera que ninguno de los ocho enchufes que llevabamos a bordo encajaba, me fui a la ferreteria del puerto a comprar un nuevo ejemplar para nuestra colección. Ya puestos monté el toldo y limpie la cubierta.  Cuando le estaba sacando brillo al compás apareció José Carlos montado en un todoterreno descapotable tan grande alto y aparatoso que entre sus accesorios se contaba una escalera.
- A que mola
-  ¿Pero donde vas con eso?.
- Eso, amigo. Eso es nuestro pasaporte a la noche ibicenca. Loco mia,… loco mia…
continuará…
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by admin at August 20, 2008 11:05 PM

August 19, 2008

Estrella Esteve

A toda vela - 20

Si Formentera es minúscula, Espalmador es ínfima, porque aunque muchos lo ignoran Espalmador es una isla separada de Formentera por un bancal de arena que cuando el mar lo permite se puede atravesar a pie. A primera vista me pareció que no tenía muchos atractivos, menos aun cuando vi los más de 150 barcos, por lo menos, que fondeaban en sus aguas. Sin poderlo evitar, a mi cabeza vino la imagen de bolsas de plástico, latas de cerveza, submarinos orgánicos y las muchas otras cosas que se pueden lanzar por la borda de un barco.
Pero sabido es que donde hay patrón no manda marinero y que quien paga manda, así que a pesar de que en mi caso ni el patrón era tal, y que quien pagaba siempre era yo, la buena educación me hizo aceptar con resignación los extraños gustos que en materia de baños tenía Mercedes, porque era ella quien tenía un especial interés en recalar allí.
En cuanto encontramos un sitio medianamente aceptable para echar el ancla, nos montamos en Eugenia y para la playa que nos fuimos. No podiamos perder tiempo, José Carlos tenía una cierta prisa por llegar a Ibiza.
Una vez en la playa, Mercedes echó a andar hacia un pequeño camino que se insinuaba entre las matas, llevando en la mano un cubito, como de niño y una pala. José Carlos, que aun no estaba del todo repuesto, salió corriendo detrás suyo, dando pequeños saltitos en parte por no quemarse los pies y en parte sobretodo para evitar pincharse con unas plantas que no levantabann más de medio palmo del suelo y que parecían haber sido puestas allí, agazapadas entre la arena, con el único objeto de fastidiar a los humanos, al menos a los que no iban calzados, que eran la mayoría.
Como ellos, pero con zapatillas y sin prisas seguimos el camino, cuando de repente algo surgió de entre la maleza.
- ¡Ah! – grito Ana presa del pánico.
Una figura espantosa, al mas puro estilo película de ciencia ficción serie B de los sesenta, cubierta por una extraña costra gris había aparecido de repente en medio del camino corriendo hacia nosotros. Ana se me agarró del cuello. Pero la figura paso a nuestro lado sin más, camino de la playa.
- ¡Miguel! ¡Ana! ¿Dónde estáis? Venid aquí..
Siguiendo el camino y el rastro de sus voces llegamos a un claro donde en medio de unas cañas estaban ellos y mucha más gente retozando cual cerdos en una materia gris bastante repugnante que olía a muerto.
- ¡Joder! Qué gozada. Anda meteos que se está de coña – decía él frotando con energía aquello en sus axilas, mientras las moscas y otros insectos revoloteaban a su alrededor – Esto es vida.
Mientras duró el baño de Mercedes que no fueron no uno sino una docena, porque de tanto en tanto salía de la charca a toda prisa en dirección a la playa a lavarse, para regresar a los pocos minutos; por aquella pocilga pasaron franceses, ingleses, alemanes, italianos y valencianos, para quienes Formentera es como una prolongación de la playa de de Denia, al menos para los que se pueden permitir el lujo de mantener una motora lo bastante potente.
Cuando Mercedes se dio por satisfecha volvimos al barco, José Carlos ató en popa el cubito de Mercedes, repleto de materia orgánica y por tanto apestosa y emprendimos la marcha. José Carlos quería llegar pronto a Ibiza, para poner gas-oil, y arreglarse para la noche, la noche ibicenca una noche que conoce fronteras, porque no se acaba con la llegada del sol y que puede prolongarse durante días, lo que el cuerpo aguante y sino aguanta también.
Pero una cosa son los deseos y otra la realidad y la realidad en este caso, y se que costará creerlo, tenía nombre de embotellamiento.
El paso entre Formentera e Ibiza, Es freu, es como es, y ha sido así durante muchos muchísimos años. Cuando por allí solo pasaban los pescadores, después y por pura necesidad empezó a navegar el viejo ferry de Formentera mucho más pequeño que la mayoría de barcos que hoy en dia transitan por aquellas aguas. Mas adelante vino el rápido de Denia, casi por la misma época el ferry de Formentera había crecido en tamaño y multiplicado en número de viajes, Formentera se había convertido en centro de atracción de primer orden. Se corrió la voz y a partir de ese momento Es Freu se convirtió en una autopista marítima que comparten antiguos, señoriales y costosísimos veleros de madera, con gigantescos yates de dos y tres cubiertas cuyas lanchas auxiliares son más grandes que las mallorquinas, tan divertidas como suicidas, que cargadas con familias enteras esquivan las gigantescas olas que levantan las motoras tan largas como absurdas sin espacio físico donde tumbarse y que hacen un ruido abrumador y que, desde mi personal punto de vista, no tienen otra utilidad que el gusto de decir que la tienes, si es que eso da algún gusto.
Allí estabamos todos embotellados en aquel paso, porque todos queríamos llegar al mismo sitio y casi a la misma hora. Nuestro destino era Ibiza la isla blanca, la ciudad del desenfreno y el exceso, la ciudad donde todo está permitido o al menos eso parece y donde a mi no se me había perdido nada salvo quizá una ducha calentita.
Cuando llegamos a puerto la gasolinera estaba cerrada. Lo del gasoil seria mañana. Afortunadamente José Carlos había reservado meses atrás el amarre, o al menos así lo afirmo ante el responsable del puerto y lo hizo con tanta contundencia que, pese a no aparecer por ningún lado el correspondiente registro ni poder aportar documento alguno que diera fe del pago por adelantado que afirmaba haber realizado.
- Oiga si pierden los papeles, es su problema.
Al poco el Escándalo paraba motores entre los amarres número 190 y 191, el único espacio disponible en todo el pueblo, espacio que dicho sea de paso, hicimos nosotros mismos a empujones.
Continuará….

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by admin at August 19, 2008 11:25 PM

August 18, 2008

Estrella Esteve

A toda vela - 19

Formentera, en verano, es poca isla para demasiada gente. El puerto de la Sabina, que es como un dedal, estaba lleno a reventar. Después de negociar con un marinero muy amable, que por serlo no nos cobró ni un céntimo de más, amarramos al final de un pantalán.
En Formentera hicimos lo que hace todo el mundo, alquilar una moto y dar una vuelta por la Isla. En el puerto bajo un sol agobiante dejamos a Mercedes y a José Carlos con tres botes de Aftersun.
Ana y yo pasamos el día dando tumbos por la isla. Nos enamoramos de la playa de la Sabina, su arena blanca, los tamarindos que crecen agazapados tras las dunas, los pinos que miran al suelo para no avergonzase ante el espectáculo de colores que el mar dibuja en aquella isla hecha de belleza. Belleza que no consiguen estropear, y eso que empeño le ponen y mucho, los miles de turistas que como nosotros corren arriba y abajo, con sus motos, todoterrenos o bicicletas.
Después de comer una magnifica, por sencilla, paella, en el limite de las dunas, montamos en la moto y retomamos el camino del puerto. Allí vimos a Mercedes sentada en el bar del puerto tomando un te con cara de pocos amigos. En el barco encontramos la respuesta a su mal humor.
- ¡Hombre mira quien está aquí!. Bueno, estarás contento. Esta vez te has lucido. Mira como me están poniendo el barco.
José Carlos fregona en mano y pareo al cinto estaba en pie en el pantalón mientras unos chiquillos rubios atravesaban la cubierta del Escándalo debidamente pertrechados con sus cañas, anzuelos, linternas y cebo. Cebo compuesto de gusanos, como los que quedaron esparcidos sobre la cubierta del Escándalo cuando el pobre Didier, el más pequeño, tropezó con la cerveza que José Carlos se estaba tomando y que también acabó rodando por la cubierta, esparciendo su contenido desde la proa hasta el obenque.
- Así llevamos todo el día.
El marinero, que tan amablemente, nos había dejado amarrar al final del pantalán era tan amable que había hecho lo propio con el Purtzel una extraña bañera de hierro, de unos siete metros de eslora y dos palmos más alta que el Escándalo; un autentico cascarón de hierro, sin más comodidad que dos sillas de madera, entre las que se situaba un pequeño cañón, como los de los grandes buques de la armada inglesa pero en pequeño y a su lado el mástil, porque el Purtzel tenía bandera y menuda bandera. Justo en aquel momento, Herr Wöller y Fran Wöller procedían a la ceremonia de arriar la bandera, al son del himno nacional que sonaba en un radiocasete de cuando Nino Bravo.
Pero es que además del Purtzel, el marinero había dejado amarrar junto al Purtzel, a la Vendette, un barco francés de nueve metros, en el que viajaban un matrimonio, sus tres de dos, cuatro y seis años, el perro de nombre Beaujolais y los abuelos.
- Toma – dijo poniendo la fregona en mis manos y desapareciendo en el interior de su cabina, justo por donde pasaban los pequeños Hervé.
A la mañana siguiente cuando el pequeño Didier paseaba por cubierta con biberón en la mano y Herr Wöller y Frau Wöller hacían los preparativos para izar la bandera, José Carlos apareció en cubierta con una gorra de San Francisco 49niners.
- Nos vamos a Espalmador.
Sin perder tiempo en tonterías como desayunar, antes de las nueve ya estábamos todos a punto para la marcha, incluidos los Hervè y los Wöller que sostenían las amarras para desplazarse en cuanto el Escándalo dejase el espacio libre.
- ¿Preparados? Pues, Hala vámonos.
José Carlos dio al contacto y como había pasado en Pollensa el ñiiic, ñiiic no vino seguido del conocido ñaaac, ñaaac.
Mientras José Carlos salía a la busca y captura de un Miranda o algo que se le pareciera, Herr Wöller, que durante la guerra había sido mecánico de tanques y después montador en la Wolkswagen se ofreció a echar un vistazo. Meterlo en el espacio entre la nevera y la escalera, costó no pocos esfuerzos, porque Herr Wöller era una representación tridimensional de eso que se conoce como la gran Alemania. Tras observar detenidamente el motor dio su diagnostico.
- Nein, caput.
Diagnostico que fue ratificado por Monsieur Hervè y un sueco que no sé porqué también se metió en el barco.
Como fuera que la cosa pintaba mal, Anna y yo volvimos a alquilar una moto y desparecimos hasta pasadas las ocho de la tarde.
Cuando por fin, dos días después, llegó la nueva correa, Herr Wöller y Monsieur Hervè contando con el apoyo moral del dueño del barco, montaron la pieza y poco después el motor del Escándalo se ponía en marcha.
En agradecimiento, aquella noche, Anna hizo una paella francamente buena a tenor del precario instrumental de que disponía. El Purtzel era como una especie de barril de cerveza, tanto por su forma como por la cantidad de botellas que salieron de su interior.; y José Carlos encontró, en aquel hombre que sabía tanto español como él alemán, su paño de lagrimas y en un mano a mano se cascaron dos cajas de cervezas. En agradecimiento por la agradable velada los Wöller nos regalaron una jarra de cerveza y doce latas para estrenarla, de las que José Carlos se hizo depositario. Los franceses nos dieron su dirección, por si algún día pasábamos por Marsella, donde tenían un pequeño restaurante.
La verdad me dolió dejarlos allí con sus pañales y su bandera pero el calendario seguía adelante, y empezaba a ser hora de pensar en el regreso, un viaje que pasaba por una, llamémosla, escala técnica en Ibiza y otra curativa en Espalmador.
Continuará…

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by admin at August 18, 2008 11:58 PM

August 17, 2008

Estrella Esteve

A toda vela - 18

Tras la mejor noche en muchas noches, por fin parecía haberme llegado la hora de hacer lo que siempre había soñado, lanzarme al mar desde un velero para sumergirme en las cristalinas aguas de una cala iluminada por el frágil sol de una mañana de verano.
Dicho y hecho salí a cubierta, llené los pulmones y me tiré al agua..Con un estilo perfecto, que de pequeño a punto estuvo de hacerme ganar una medalla en los campeonatos escolares de los Padres Escolapios, me fui alejando del barco. Después hice el muerte dejando que mi cuerpo flotase tranquilamente en el agua, me gustaba sentir como mis piernas se iban hundiendo en aquel mar maravilloso hasta encontrar su justo punto de equilibrio. Nada de prisas, todo tranquilidad y calma. Media vuelta unas cuantas brazadas más y otra vez a hacer el muerto. La esencia de la felicidad.
Todo era tal como lo había soñado, el cielo, el mar y en medio yo, sin ningún problema, con una única idea en la cabeza, disfrutar de aquel instante mágico que era mío, solo mío. Ana me miraba desde cubierta peinándose, a ella también se la veía tranquila, relajada y casi diría que feliz.
De repente la voz de José Carlos, más áspera que de costumbre, irrumpió en escena y todo el encanto se fue al carajo.
- ¡Ojo que cago!
El grito vino acompañado por el inconfundible ruido de la bomba del water, y de muchas otras que en el mismo momento y en la misma cala se habían puesto en marcha mientras yo nadaba.
- ¡Miguel! – gritó Anna que desde su posición veía con toda claridad mi apurada situación amenazado por una flota de pequeños objetos orgánicos flotantes seguidos por una cohorte de famélicos pececillos se dirigían hacia mi.
- ¡Quieto! No te muevas. No. Mejor corre. Si, si Corre, corre, ve hacia la derecha.
- ¿La tuya o la mía?
Ana intentaba guiarme en aquel mar de detritus internacionales, porque a la hora de cagar, cagamos igual los catalanes que los alemanes.
- La tuya, ¡no no!, quiero decir la mía. No, la tuya. Ay no lo sé. Miguel por Dios. Cierra la boca.
Por suerte la voracidad de aquellos pececillos era tal que en pocos instantes las aguas volvían a estar tan limpias como minutos antes. Pero yo le cogí tal asco que me faltó tiempo para subir al barco. Con un somero cálculo tuve claro que si cada barco, por lo general, disponía de un solo aseo, pero más de un ocupante, eso significaba que pronto habría una segunda y tercera andanada.
Cuando llegué a la bañera, agotado por el esfuerzo, me encontré de cara con la panorámica de un José Carlos de sonrisa esplendorosa que por toda indumentaria llevaba un Tah Heuer y sus Rayban luciendo orgullo su pecho, brazos, piernas y sobretodo cara, bronceados y en medio, como para que quedase patente su presencia, aquel pellejo blanco.
- Si señor. Esto es Ibiza.
Y dicho esto se lanzó al agua dejandome ver su níveo trasero.
- Joder. No hay nada como bañarse en pelota picada.
A eso de las once empezaron las clases de esquí en la playa y con ellas las olas que cada diez minutos provocaba la lancha a su paso, Pero fuera porque ya me había acostumbrado al vaivén o porque tenia el ánimo bien dispuesto, lo cierto es que pronto ni las notaba. Busqué un rinconcito sombreado en cubierta cogí mi libro de náutica y allí pasé el día sentado, leyendo y echando cabezadas. Esa fue todo mi actividad durante aquel día, salvo claro está, el ratito de comer un par de baños y poca cosa más.
Anna cuando no estaba en el agua se entretenía ahora con un libro, ahora con el punto de cruz, pero sin perder de vista los barcos que arribaban, poniendo mucha atención a dónde, cuando y cómo echaban el ancla.
Mercedes, siguiendo las costumbres de la zona, prescindió de todo su repertorio de bikinis, tangas y otros y se pasó el día tumbada al sol, luciendo un bronceado perfecto sin una sola marca, llevando por todo vestuario el Rolex y ocho pulseras.
- Un fondeo perfecto, Miguel. – fue el único comentario de José Carlos.
Las cervezas y dormir la cogorza parecían haber renovado sus energías. José Carlos tenía el día activo.
Empezó con unas “brazadas”, hasta la otra punta de la cala, siempre con el culo a ras de la superficie. Después a media mañana, bajó a la playa a dar una vuelta con los esquíes, esta vez se puso el bañador. No tenía mucho estilo pero la vuelta la dio.
Pero ya he dicho que tenía el día activo y justo antes de comer realizó una larga sesión de pesas en cubierta. Por la tarde, después del café, sin concederse un respiro para la siesta, se puso las aletas, el tubo, la careta y se fue a bucear. Estuvo unas tres horas, más o menos, siempre en “pelota picada”.
Cuando volvió, en la playa solo quedaban una española y un grupo de jóvenes ingleses haciendo el gilipollas con un colchón hinchable.
- Qué gozada – dijo mientras cogía una toalla - ¡La Hostia! – gritó dando un respingo cuando la toalla rozó, solo rozó su sacrosanta posadera.
José Carlos tenía un problema.
- ¡Coño! Mercedes, que está muy frío. Joder, ve con cuidado. Que esto duele.
- Mas que debiera dolerte. Se ha de ser burro. Pero a quien se le ocurre pasarse el día con el culo al aire. Como se puede ser tan burro, pero es que ni te has puesto crema.
- ¡Mercedes!
El proceso evolutivo del culo de José Carlos fue del rojo carmesí, al despellejamiento integral, pasando por la dolorosa etapa de las ampollas y su posterior reabsorción. Hasta que José Carlos pudiera volver a ponerse pantalones pasarían unos días.
En atención a su delicado estado Ana y yo nos hicimos cargo de todo. Pasamos un día fondeados en San Antonio, donde cargamos agua, gas-oil y comida.
- No os olvidéis de mis yogures de soja.
Pasada la isla de Conillera, sin pedir opinión a nadie, hicimos noche en Cala Vedella, un sitio encantador, tanto que aquella noche Ana y yo, cogimos a Eugenia y cenamos en un pequeño restaurante de la playa decorado con mesas de formica, mantelitos a cuadros y sillas de paja. Allí nos zampamos un sargo acabado de pescar, nada complicado, solo pasado por la plancha con un poquito de ajo, perejil y un buen chorro de aceite, una ensalada, unas patatitas al horno para acompañar y de postre helado. De vuelta les llevamos un pollo a l’ast. Lastima que como a Eugenia le entraba agua por un lado, el pollo les llegó un poco pasado por agua.
Y mientras tanto José Carlos adicto al Aftersun.
- ¡Mercedes, ya vale no!. Me haces daño a proposito.
- No cariño no.
continuará…

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by admin at August 17, 2008 11:58 PM

August 16, 2008

Estrella Esteve

A toda vela - 17

A medida que avanzaba el día, el calor iba en aumento. Mercedes, al igual que las lagartijas, permanecía estática en su parcela en cubierta, alimentándose de sol y crema hidratante. Ana se puso un sombrerito pero el sol era tan fuerte que finalmente optó por meterse dentro. Yo, como no me fiaba un pelo, me quedé en cubierta, pero eso sí debajo de una especie de barraca que monté con dos toallas y unas cuantas agujas de tender. El único que no parecía tener problema con aquel sol implacable era José Carlos, quien, sin las Ray ban por aquello de que no le quedara marca, ni sombrero porque según decía el sol daba una tonalidad especial a su cabello, le daba caña al timón y a la cerveza.
Cerveza va y cerveza viene, fueron cayendo, primero las alemanas, después las danesas y finalmente las irlandesas. Acompañando la bebida con un amplio repertorio musical constituido por una selección de boleros, un recopilatorio exhaustivo de habaneras que completó con un antología de la zarzuela. Desde “La verbena de la paloma”, hasta “el huésped del sevillano”. Precisamente fue en el último compás de la famosa romanza “… mi fiel espada triunfadora…” cuando José Carlos se dio cuenta de que había acabado con la última cerveza.
- Cagon las pelotas de mobidic – y dicho esto cayó fulminado al suelo.
Le eché agua en la cara, le dí bofetadas, puede que hasta demasiadas, le pellizqué los pies. Pero nada José Carlos no reaccionaba. En eso pasa Mercedes, que en aquel preciso instante daba por terminada su jornada laboral, quien al verlo dijo:
- No te esfuerces, éste hasta mañana no se despierta.
- ¡Qué! No. No. José Carlos despierta. José Carlos, ¡Coño! no me hagas esto que estamos en medio del mar. ¡José Carlos despierta de una puta vez ! que no se donde cojones está Ibiza. Señor, esto no me puede estar pasando. ¡José Carlos que no tengo ni idea de navegar!.
- Él tampoco – dijo Mercedes
Ana y yo nos miramos con estupor, aquellas palabras me habían dejado helado
- ¿Qué quieres decir?
- Pues eso que José Carlos no tiene el título. Y no será porque no lo haya intentado. Que yo sepa se ha examinado en Peñiscola, La Coruña, Vilanova, Santurce… allí le fue fatal casi le pegan, quiso sobornar al examinador y los vasco, ya se sabe que son muy suyo. El año pasado fue a Cádiz, pero nada, que no hay manera. Pero si es que cada vez traza un rumbo va a parar al mismo sitio. No sé que fijación tiene con Guadalajara.
- La madre que lo parió.
- Miguel ya está bien, deja de decir palabrotas.
- Mira Ana déjame que este no es el momento. Ya me dirás qué hacemos ahora. No ves que estamos en medio del mar y no tenemos puñetera idea de qué hacer ni adonde ir.
- bueno tampoco es eso – dijo Mercedes mientras saboreaba una barrita de muesli con ciruelas - Yo del motor no quiero saber nada, porque…. Bueno porque no. De las velas tampoco, porque me podría romper una uña, ahora por lo que hace al la pantallita esa de abajo y el piloto automático no creo que sea muy difícil.
- Pero ¿tu entiendes de eso?.
- No pero tengo una thermomix y juego al bridge por Internet.
- ¿tienes una thermomix? – preguntó Ana- que inmediatamente perdió todo interés por nada que no fuera la crema de yogur con mora - Oye que tal va eso
- Criatura ¿pero tu no tienes una thermomix?
Mientras ellas en el interior del barco confraternizaban alrededor de las 8 velocidades de aquel engendro culinario, yo, y solo por si acaso preparé un pequeño equipo de emergencia, que puse en una bolsa impermeable bien sujeta en la popa, para en caso de emergencia saltar a la Eugenia que juntamente con las bengalas caducadas desde hacía cinco años, y los dos únicos chalecos salvavidas uno enmohecido y el otro deshilachado constituían todo el equipamiento de emergencia de el Escándalo. Equipo compuesto por unas cuantas botellas de agua, 8 latas de atún, toallas, crema para el sol una linterna, tijeras, alcohol, un paraguas y las galletas de Sigüenza.
Para ahorrarnos problemas recogí la Génova y puse el motor en marcha. Al poco Mercedes y salieron de la cabina, instalaron el piloto automático.
- Y ¿solo en tres minutos?
- Si. Y la crema de calabaza en 2.
- Increíble.
Casi al instante el piloto se hizo cargo del gobierno del barco. Con todo más o menos bajo control entre los tres cogimos a José Carlos y lo desplazamos a la amura de babor, más que nada porque con el allí en medio no podíamos abrir la mesa donde Ana sirvió la tortilla de patatas, el pan con tomate y una nueva barrita de muesli.
- Bueno esto parece que funciona. En cualquier caso por ahí delante seguro que hay tierra, sino es Ibiza, será Valencia o alicante, ya veremos. A algún sitio llegaremos. Bueno, yo me voy a la cama, cuando lleguemos, sea donde sea, no me despertéis que todo esto lo tengo muy visto.
En medio de una sensación de calma y tranquilidad, casi olvidada, Ana y yo nos quedamos en cubierta, contemplando el cielo estrellado y los casi imperceptibles reflejos del mar.
A eso de las 11 nos rebasó una gran motora, poco después otra, y otra. Hasta un total de veinte barcos de distintos tamaños pasaron por nuestra borda, a los que hay que sumar las lucecitas que tanto por babor como por estribor se adivinaban en la distancia. A eso de las 2 Anna divisó una luz en el horizonte, el problema ya no era llegar a Ibiza sino saber si cabríamos.
Después de algún momento de nerviosismo para encontrar la entrada a la cala por fin a las cinco de la madrugada echábamos el ancla por la borda sin mirar mucho donde ni como lo hacíamos.
- Bajas a dormir?
- Si, en un momento.
A mis pies tenia a José Carlos, roncando como un cosaco, que no se como roncan pero debía ser algo impresionante, el pelo pegado por la humedad de la noche, la barba entrecana, y un moretón en la mejilla, fruto seguramente de mis múltiples intentos por despertale. De buena gana le habría dado otra vez, pero entonces levante la vista y vi la superficie negra con destellos de plata de la mar en calma, sobre la que se reflejaban las luces de innumerables barcos que se mecían suavemente sobre ella. Al fondo las luces de los hoteles y apartamentos y por encima la silueta oscura de las montañas recortándose sobre el el cielo estrellado de una noche sin luna. Entonces vi pasar una estrella fugaz y una vez vista, me fui a la cama.
Continuará…

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by admin at August 16, 2008 11:58 PM

August 15, 2008

Estrella Esteve

A toda vela - 16

Ana y yo pasamos la noche sentados en la popa con el bichero en la mano viendo como una vez y otra el timón rozaba las rocas. La mirada de Ana parecía decirme. … ¿qué mal habré hecho?…. Llevábamos seis días sin apenas dormir, sin poder tomar un baño como Dios manda y para acabar de arreglarlo desde la sopa de pan a precio de caldereta que no cagaba.
Mientras yo sufría porque que Carmencita no se perdiera, porque nadie nos abordase, porque el ancla se estuviera quieta, porque Eugenia no se fuera de picos pardos, porque el barco no embarrancase, el dueño de la caña, el ancla, la barca, el timón y el velero entero dormía en el hotel tranquilo y seco.
Aquella noche entre sacudida y sacudida le estuve dando vueltas en la cabeza al asunto y al final llegué a la conclusión de que la única razón para que yo estuviera allí era para pagar.
Al alba con la relativa calma del mar me dormí. Pero poco antes de las ocho Ana me despertó asustada.
- Miguel. ¡Mira!.
Con los ojos aun turbios vi que tanto el francés como el italiano, o lo que es lo mismo nuestros únicos amarres de fiar, se habían largado dejándonos solos a merced de todo, porque en nuestra situación no hacía falta oleaje alguno para que el Escándalo acabase sus días contra las rocas. Pasé el bichero y la responsabilidad a Anna.
- Haz lo que puedas. Te quiero.
Instantes después estaba en la recepción del hotel, con los ojos rojos de no dormir, la ropa arrugada rezumando humedad y sin zapatos, porque la urgencia del caso no me permitió entrar en detalles.
José Carlos se hizo cargo inmediatamente de la situación y volvió a la habitación de donde salió una media hora después perfectamente afeitado con un polo azul y bermudas blancos.
- Joven tengo mucha prisa. Vaya preparando la cuenta y usted mismo cárguela en esta tarjeta que tengo que ir a asegurar el barco. Ahora vuelvo a buscarla.
- Si señor- dijo el joven de recepción con la Visa platino en las manos, orgulloso de la prueba de confianza que ello significaba. Y en las manos se la quedó porque nunca nadie, ni José Carlos ni Mercedes volvieron a buscarlas. Lástima porque si lo hubieran hecho quizá el joven habría tenido oportunidad de decirles que lamentablemente la maquinita no la aceptaba y se habría ahorra la bronca que le echó el dueño del hotel para quien el plástico es para los juguetes y los barcos, nunca para el dinero.
De camino al muelle aun paramos a comprar una ensaimada y un paquete de tabaco. Una vez allí encontramos a Anna aguantando el barco por la popa mientras dos jubilados con sus bastones hacían lo propio en proa. Como era de esperar el barco ya estaba de costado.
José Carlos dio las gracias y 50 céntimos a cada viejo, subió al Escándalo y mientras yo recogía a Montserrat y su cadena, el puso en marcha el motor. Atrás quedó aquella maravilla de la naturaleza que la fuerza del mar había abierto en las rocas y a la que si vuelvo, seguro que no será por mar.
Hasta la altura de Cabrera el viento y el mar fueron más o menos los del día anterior. Se repitieron los remojones, los pantocazos. Ana me miraba desesperada, aquellas no era las vacaciones que le había prometido. Pero en cuanto dejamos atrás el canal que separa Cabrera de Mallorca todo cambió.
El viento de repente desapareció, o al menos eso parecía, las olas ya no eran paredes que había que superar, ahora abrazaban la popa y nos empujaban hacia delante. Se me hacía difícil entender aquel repentino cambio de escenario, hasta que nos cruzamos con un velero capitaneado por un “primo hermano” de José Carlos, de esos que nunca se arredran ante nada ni nadie, empeñado en ir contra corriente.
En ese momento entendí que en el mar como en la vida lo mejor es ir donde te lleve el viento.
Y aquel viento nos llevaba hacia Ibiza.
Continuará ….

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by admin at August 15, 2008 11:35 PM

August 14, 2008

Estrella Esteve

A toda vela - 15

Como quien dice, seis días sin bañarme, pasando las noches en blanco, el cuerpo flagelado por la tortura y el alma en perpetua penitencia, eran una condena demasiado dura para alguien que a lo único que aspiraba era a pasar unas vacaciones, ni buenas ni malas, solo vacaciones. Por eso aquella mañana me levanté con el firme propósito de dar un golpe de timón, nunca mejor dicho. Al volver de las duchas venía decidido a, si era necesario, hacer las maletas y volver a casa. Seguro que en algún vuelo aunque fuera a las cuatro de la madrugada encontraría plaza, eso suponiendo que mi visa, aun lo pudiera soportar.
Pero cuando llegué al barco, para mi sorpresa, José Carlos ya estaba despierto, afeitado y con el pelo perfectamente peinado.
- ¡Vamonos! Esto es una mierda, nos vamos para Ibiza.
- Pero eso está muy lejos, no nos tendríamos que preparar.
- Preparar, ¿el qué? Tenemos agua, comida, gasoil. Nos largamos. ¡Ya!
¡Ya!, para José Carlos significaba hacer un par de llamadas, ir a comprar tabaco, un par de llamadas más … mientras mercedes acaba de despertarse … Que una vez Mercedes despierta fueran a tomar un café. Que después hiciera un par de llamadas más y que finalmente yo fuera a las oficinas del puerto y pagase, porque
- Ya te digo yo que esto es una mierda. Mira que no aceptar la American Express.
La que no esperó fue nuestra ya vieja amiga la marinada que, puntualmente, en cuanto salimos a mar abierto vino a saludarnos con su habitual rebaño de tiernas ovejitas blancas, espumosas y juguetonas. Otra vez como al principio, en medio del mar, tragando agua a diestro y siniestro, que en este caso sería por babor, estribor pero tambien, por la popa y la proa
- Mercedes, ¡Cierra el tambucho!
- Me estoy pintando las uñas.
- Mujeres..
Tras un día de calma, aquella marinada parecía venir con fuerzas renovadas y pronto las cosas empezaron a tomar otro cariz. La simpática marejadilla dejó paso a olas bien formadas que el Escándalo remontaba a base de pantocazos, crujidos y lamentos, para acabar cayendo en un pozo de donde, afortunadamente, salía en una nueva remontada.
- Ay Miguel, que me parece que me estoy mareando
- Baja y estírate. Cariño
- ¡Bajar! Estás loco.
Meterse en un puerto sin mirar las cartas se puede considerar un despiste, pero pretender ir hacia Ibiza cuando el mar está crecido y con ganas de crecer más, y sobre tierra se forman grandes nubes de tormentar, eso es una temeridad. De buena gana habría dado media vuelta, al fin y al cabo la rissaga ya la conocía. A malas me habría metido en cualquier cala y aguantado las motos, las clases de aguagym, hasta un concurso de yenca, todo fuera por salir de aquella montaña rusa en que José Carlos me había metido. Pero él es de esa clase de gente que nunca vuelve atrás, aunque delante tenga una pared. Como aquella ola que barrió la cubierta y que fue el detonante para que Ana corriera hacia la popa y allí dijera adiós al croissant, el café con leche y a Eugenia, que no encontró mejor momento para soltarse que aquel.
- Cagonla.
Colgando por la borda, tragándome el mediterráneo entero, con Ana sujetándome de los calzoncillos después de ocho tentativas infructuosas, al final conseguí pescar a la fugitiva, justo antes de que una ola mucho más grande que las anteriores dejase al descubierto la orza del Escándalo, que al caer produjo un ruido lo bastante estremecedor como para que en aquel momento deseara estar en cualquier sitio menos aquel.
En la porción de mar que las olas nos dejaban ver no se veía un solo barco. Tras el sonido de las velas, el motor y los pantocazos del barco se oían los truenos que descargaban tierra a dentro. Había tanta agua dentro como fuera del barco. Tras seis horas de enconada lucha contra los elementos, en las que ni por un instante se le pasó por la cabeza dar media vuelta, José Carlos, en un momento de lucidez decidió que así no podíamos continuar.
Después de adivinar cual de aquellos acantilados escondía Cala Figuera de Santanyí, finalmente entrábamos en aquella pequeña maravilla de la naturaleza. Un canal abierto por la fuerza del mar restallando, año tras año, siglo tras siglo en las rocas y que conducía aun pequeño ensanchamiento donde se encontraba el pequeño muelle, que tan orgullosamente las cartas señalaban como puerto, donde se amontonaban varias decenas de veleros con mas sentido común que nosotros, atados a las rocas y entre ellos. Parecía que nuestra desesperación no tenía fin, allí no cabía ni una aguja.
Unos alemanes nos indicaron que la única posibilidad era amarrar de popa al muelle. Lo que quería decir, dar media vuelta, echar el ancla, ir marcha atrás, hasta el muelle, amarrar, acto seguido recoger cadena al tiempo que soltábamos un poco las amarras hasta alcanzar un cierto equilibrio. Una maniobra sino imposible si complicada más cuando Cala Figuera queda abierta a un único viento, exactamente el que soplaba.
Con las aportaciones espontáneas de la concurrencia que no tenia nada mejor que hacer que mal aconsejarnos, por tres veces echamos el ancla por la borda. Demasiado lejos, demasiado cerca o demasiado mal.
Por fin la acertamos, más o menos. Pero cuando teníamos el barco amarrado por la popa y había que recoger la cadena, un poco solo un poco, el botón se encalló y tuvimos que rehacer la maniobra; porque cuando quisimos darnos cuenta, Montserrat volvía estar en lo alto.
Una vez más hubo que prescindir del motor y echar el ancla a mano, tarea de la que, como no, me ocupe yo. Finalmente, aunque no parecían demasiado convencidos, tras duras negociaciones con un francés que se hacía el despistado y un italiano que no paraba de quejarse, nos abarloamos a ellos y allí se quedó el Escándalo, en precario.
Las olas, al atravesar el desfiladero de roca crecían en altura rompiendo con fuerza contra el espigón donde nos encontrábamos. El único consuelo es que si naufragábamos al menos alguien nos socorrería.
Una vez liquidada tan brillante maniobra José Carlos se fue a popa, miró las olas que a cada andanada acercaban peligrosamente la pala del timón al muelle. Después entró en el barco revisó unos papeles, que mas tarde supe que eran los del seguro y se metió en su cabina, de donde salió al poco, acompañado de Mercedes cargando una bolsa de viaje.
- Ahora vuelvo, voy a ver si hay sitio en el hotel; es que Mercedes no está nada fina.
Y es que puestos a ver como se hunde el barco, mejor verlo desde el hotel. Porque a pesar de que José Carlos había dicho que volvería, hasta la mañana siguiente no li vimos el pelo. Y porque fui a buscarlo.
continuará …

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by admin at August 14, 2008 11:10 PM

August 13, 2008

Estrella Esteve

A toda vela - 14

La Punta Bateria y la Punta de sa Farola  marcan el umbral de ese magnifico puerto natural que es Porto Colom, desde tiempos inmemoriales ha sido refugio de pescadores, cristianos, piratas y por supuesto turistas.
Hasta aquel momento no había dado ninguna importancia ni me había preocupado en absoluto el que José Carlos nunca consultase las cartas náuticas y eso que tenía un montón, además de las pilot. Yo sí que las miraba,  solo por curiosidad y por eso puedo decir que la cala que se veía a nuestra izquierda era Bassa Nova, la de la derecha era la minúscula cala de S’Arenal petit y a su lado la de S’Arenal gran. Un poco más adentro se encuentra la cueva de las Llisas, la Punta d’en Babo y al final, la Punta de Sa colonia y la cala Camp Roig
- José Carlos, ¿Esas cositas de aquí qué quieren decir? – Pregunté señalando una especie de setas dibujadas en medio de lo que representaba el agua
- Nada, nada. No te compliques la vida con las cartas. Tú admira el paisaje.
Porto Colom, a pesar de ser muy pintoresco no es el sitio ideal para bañarse, al menos como yo deseaba, sus aguas suelen ser turbias. Pero de una cosa estaba segura en aquel magnifico abrigo, difícilmente entraría viento o mar, que pudiera alterar mi reposo.
José Carlos, gran conocedor de aquellos mares, navegaba muy seguro de si mismo, a tenor por la velocidad, dejando atrás los primeros pantalanes del puerto. Un marinero que sesteaba  apoyado en el manillar de su bicicleta a la sombra de una palmera,  al vernos, se puso a hacernos señas.
- Parece que aquel hombre intenta decirnos algo.
- Nada, nada. Déjale que diga. Ese a lo que va  es a por la propina.
- Parece que grita algo.
- Que grite tanto como quiera. No lo necesitamos para nada. Nos meteremos hacia el final, allí siempre hay sitio. No sé que manía tiene todo el mundo en meterse en el primer agujero.
Mientras aquel hombre, con cierto aire de desesperación, seguía haciendo toca clase de señales,  el Escándalo seguía su camino a buen ritmo, adentrándose cada vez más en el puerto.
- Miguel vete para proa a preparar las amarras. Atracaré en aquel agujero detrás de la mallorquina esa del parasol de lunares. Y apresúrate que no quiero tener que darle propina al tío ese.
José Carlos aplicaba a los marineros de los puertos la misma técnica que a los limpia cristales de la Diagonal, ventana arriba, vista al frente y gas a fondo. Por eso no vio que ya no era solo el marinero el que gritaba sino los ocupantes de un velero, una señora que tomaba el sol en una motora que parecía una casa adosada y la gente que paseaba, cincuenta personas, por lo bajo.
- Caeré un poco a estribor y entraremos de proa.
Y mientras se iba hacia la derecha para entrar de cara, que es lo que él había querido decir pero en otras palabras, siguió con la mirada fija ignorando a los que nos gritaban y hacían señas. Cuando me agaché para recoger las amarras vi como aquella agua terrosa se movía alrededor del casco una velocidad que no se correspondía con la del barco, formando extraños remolinos.
Me volví para avisarle pero ya era demasiado tarde. Una fuerte corriente  había tomado el gobierno del barco arrastrándonos en dirección a una, a mi modo de ver, gigantesca boya de hierro, que en la carta parecía una seta. Parecía que aquel iba a ser el fin del Escándalo pero no, a escasos cinco metros de la boya  se vio frenado de golpe, el palo llegó a inclinarse, calculo que unos 45 grados o más. Mercedes cayó rodando hasta quedar frenada en la redecilla del pasamanos; Anna y  José Carlos rodaron por la bañera, suerte que éste se agarró  mientras Ana hacia lo propio con su pie. Y yo, yo fui a parar al agua.
- Sa rissaga es muy traidora – decía el señor de la bicicleta a quien José Carlos dio una propina de 20 euros mientras yo hacía efectivos otros 300 euros,  que es lo que nos cobró  por sacar con su barquichuela al Escándalo del bancal de arena donde por espacio de 4 horas estuvimos atorados.
Aquella noche la pasé soñando con las mil formas de naufraga, a cual más ignominiosa, la rissaga, aquella curiosa corriente que se forma en el fondo del puerto con las mareas y que es conocida no solo por los habitantes del lugar, sino también por el que escribió las Pilot volvió por la noche y otra vez con la salida del sol y con  ella los crujidos del barco y los gemidos de las amarras que a duras penas podían soportar el empuje de las aguas.

continuará….


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by admin at August 13, 2008 10:19 PM

A toda vela - 13

El ventarrón del día anterior dejó como recuerdo una considerable mar de fondo que no respetaba ni puertos ni calas. Después de toda una noche escuchando el incansable tocotoc tocotoc de las drizas golpeando en el palo, sacudidos que no mecidos por el mar, por fin a las seis y media de la mañana, cuando parecía que por fin llegaba la calma y con ella el descanso, el ruido del motor de nuestro vecino dio la señal de alarma.
A cala Ratjada se puede ir para visitar las cercanas cuevas de Artà, para bañarse en Canyamel o cala Agulla a cenar en los múltiples restaurantes, pero principalmente se va allí porque cala Ratjada es el punto de salida tradicional hacia Menorca, almenos cuando vas con barco.
Y a Menorca iba nuestro vecino, y el otro, y el otro y los que no eran nuestros vecinos también iban allí. Como estábamos todos abarloados, para salir uno teníamos que salir los demás. Así fue como sin que éste fuera nuestro deseo a las siete y media Cala Ratjada quedó a nuestra popa.
- No hay mal que por bien no venga - decía él extrañamente despejado – así podremos encontrar una cala bien bonita y fondear como dios manda antes de que lleguen los domingueros de las mallorquinas.
Para los patrones experimentados, como él, las graciosas mallorquinas cargadas de gente , abuelas haciendo calceta, niños con flotadores, maridos con caña, señoras con carnes, son el al patrón con título lo que para el propietario de un Mercedes vendrían a ser los utilitarios que con la llegada del buen tiempo proliferan en los márgenes de las carreteras, con sus sillas, mesas, neveras, barbacoas, pelotas, niños y perros.
Canyamel quedó descartada de entrada porque estaba demasiado cerca de Cala Ratjada, y cuando acabamos de montar todo el tinglado de las velas, ya nos la habíamos pasado. Cala Bona y Cala Millor les dejamos de lado porque a esas horas ya estaban repletas de gente.
- Está todo lleno de guiris – decía Ana inspeccionando las playas desde la distancia.
Cuando ya pensaba que aquel día tampoco me bañaría y con este ya iban cinco, porque el chapuzón para sacar a Montserrat del agua, no lo cuento como baño, José Carlos cogió los prismáticos y como Juan de Triana quinientos años atrás señalo la costa.
Con una agilidad que solo dan las ganas, arrié las velas y me fui a proa a reencontrarme con Montserrat.
Aquella era una cala aparentemente tranquila, no se veían muchas edificaciones y, lo que es más importante en la playa no se veían ni patines ni kayaks. Con la tranquilidad que da saber que no te la puedes pegar con nadie, porque de momento eramos los únicos, elegimos el lugar idóneo para echar el ancla:
- Bueno Miguel. ¿Qué tienes que decirme? Ahora no podrás quejarte.
Me costaba creerlo pero por fin estaba en una cala, rodeado de aguas transparentes donde los pececillos nadaban tranquilos, teniendo como único horizonte vial, un tranquilo y apacible día de sol y playa.
José Carlos, con un estilo impecable se lanzó de cabeza al agua.
- ¡Cojonudo!. Tío ¡Cojonudo!. Qué gozada. Venga Miguel tirate de una vez.
- Ahora mismo, pero primero déjame que ponga el toldo, asi cuando salga tendré una buena sombrita para echar una siestecilla.
- Desde luego serás gandul, siempre pensando en dormir – y dicho esto José Carlos se sumergió en el mar para emerger de nuevo echando un chorrito de agua por la boca.
- Miguel déjalo, ya lo haremos luego. Ven a bañarte – decía Ana.
- Bañaros, y a mi dejadme hacer.
Mercedes que por no hacer ni tan siquiera se bañaba ya estaba en proa con su crema, la revista que nunca leia y una botellita de agua.
Si poner el toldo entre dos ya era bastante difícil, hacerlo solo era además de difícil arriesgado. Pero finalmente después de sudar como un caballo, hacerme un lío con las cuerdas y darme otro golpe, uno más en un dedo, por fin conseguí terminar la faena. Estaba en la cabina poniéndome el bañador y escuchando de fondo las risas de Anna, cuando de repente, un chirrido escalofriante seguido de una voz metálica ahogó sus risas.
- Atention! Atention!, please! Attenttion!, medames, messieurs! Ladys and gentlemen ! Achtung ! Damen und Herren ! Un moment d’attention, s’il vous plaît. Please, bitte, ein moment! Attention please! Bon jour !, good morning !, guten morgen !…
- Bonjour ! Hallo ! – respondió un coro de voces.
- Comment allez vous ?! How are you ? Wie get’s ihnen ?! Nous sommes en train de fer notre session de gimnastique aquatique. Wir gehen to machen unseren acuastischen Turnklasse. Preparés ?! All ready ?! Avant ! Jean Pierre, music!.
Y tras aquella demostración práctica que cuando uno quiere hacerse entender, el idioma no supones problema alguno, a los acordes del megamix de la temporada, un ruidoso grupo de bañistas de múltiples nacionalidades, y variados niveles de quemadura sobre su piel, se lanzaron al agua para allí, con el agua a la altura del ombligo iniciar la primera actividad del día. No lejos de allí un grupo de señores con más barriga que cerebro intentaban manejar la plancha de windsurf, lo que tiene aun más mérito cuando no hay viento. Y por si con esta no bastaba un grupo de unos quince jóvenes empezaron a pasear con sus motos de agua.
Todo el contacto que tuve con las cristalinas aguas de aquella cala fue el chorrito que una de las motos me lanzó a la cara mientras subía el ancla. Sin mediar palabra pocos minutos después reemprendíamos la marcha, siempre hacia el sur.

continuará….


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by admin at August 13, 2008 12:59 AM

August 12, 2008

Estrella Esteve

A toda vela - 12

A la mañana siguiente, mi cuerpo acostumbrado a abrir la oficina a las ocho de la mañana, y , para que negarlo, la emoción por estar lo antes posible en aquellas calas maravillosas de las que tanto nos habían hablado, hizo que a las seis, justito cuando los más madrugadores salen a pescar, mis ojos se abrieran como platos.
En las duchas del puerto me encontré al alemán del enchufe, dos italianos con muy buena plana y una señora del país a la que los atributos masculinos no parecían importarle mucho y que seguía impasible echando lejía en los azulejos, el suelo y mis chanclas.
A las ocho y cuarto, mientras en el mar quedaba impreso el rastro que dejaban tras de si los barcos que poco a poco iban abandonando el puerto, me fui al pueblo a comprar unas ensaimadas, a Ana le gustan mucho. Con las ensaimadas y un café nos sentamos en la bañera a desayunar y esperar.
A las nueve y media en el pantalán solo quedábamos nosotros, el hippie de Sabadell y unos ingleses pintando la cubierta de su velero.
A las diez decidí que ya empezaba a ser hora de despertarse y como quien no quiere la cosa me dí unos cuantos paseos sobre la cabina que ocupaban José Carlos y Mercedes, pero por toda respuesta solo obtuve al monótono ronquido de él.
A las once, le dije a Ana que estaba harto y nos pusimos a recoger el toldo. Al fin y al cabo si teníamos que navegar seguro que había que recogerlo, pero ni el ruido de nuestros pasos ni el estruendo que provoqué al tropezar con una escota fueron suficientes para despertarles.
A las once y media casualmente se me cayó cuatro veces la misma olla, después probé de poner en marcha el motor del ancla justo sobre sus cabezas, pero como fuera que esto tampoco dio resultado, Anna y yo nos pusimos a limpiar la cubierta, usando unos cepillos muy duros que hacían un ruido infernal.
No fue hasta pasadas las doce cuando el viento empezó a levantarse y con él la driza de la mayor dio un golpecito de nada en el palo y José Carlos se despertó.
- Un día cojonudo para navegar.
Pero para navegar aun tuvimos que esperar que se despertase Mercedes, que José Carlos fuera a comprar tabaco, que Mercedes fuera a las duchas, que José Carlos tomase un carajillo, a las doce cuarenta y cinco José Carlos encendió un cigarrillo, se caló la gorra de los Chicago Bulls, ajustó las Ray Ban y dio al contacto.
- ñiic, ñiic…
Jose Carlos se echó la gorra hacia atrás y volvió a dar el contacto.
- ñiic, ñiic..
- Cagon la ….
José Carlos saltó al pantalán cual fiera salvaje, dispuesto a comerse el mundo. Media hora después volvía acompañado del Miranda bis, un mecánico de Sa Pobla que en invierno arreglaba tractores y en verano se las veía con los barcos, y sus patrones. Éste después de escuchar el ñiic, ñiic, sentenció.
- Mala cosa
La mala cosa tenía nombre de correa, y mira tú que casualidad que entre el montón de correas que aquel hombre tenía en su taller ninguna era de la talla del Escándalo.
- Esto hasta que me la traigan de Palma …
Resignados a la adversidad Ana y yo montamos de nuevo el toldo, y la verdad, no es por adjudicarnos méritos pero esta vez quedó mucho mejor. José Carlos, que no aceptaba nada bien los cambios de planes, especialmente cuando los cambios no eran cosa suya, se pasó el día delante del televisor. Mercedes se fue a la piscina del club a tomar el sol y Ana y yo optamos por dar una vuelta por el pueblo.
A eso de las siete José Carlos salió a dar una vuelta por el puerto a ver si entre los barcos que a aquellas horas empezaban a regresar de las cercanas calas, había algún conocido. Tuvo suerte y se encontró con uno al que hacía cinco años que no veía y quedaron para cenar.
Con la excusa de que teníamos el estomago un poco revuelto nos quedamos a cenar en e velero. Verdura un poco de queso y un yogurt. Al recoger los platos Ana encontró bajo una revista la cartera de José Carlos. Aquella noche tampoco pagó él.
Al día siguiente después de perseguir al Miranda bis por toda Pollensa por fin conseguimos que instalase la correa nueva y poco antes de la una nos hicimos a la mar. José Carlos sacó las Pilot, algó así como la biblia de los marinos y señaló la ruta para aquel día.
- Porto Colom.
Acostumbrado a las distancias en coche, pretender llegar a Porto Colom en un día me pareció lo más normal, lo que no sabia es como cuan relativas pueden ser las cosas en el mar, y muy especialmente las distancias.
Una agradable brisa nos ayudó a salir de la bahía, mucho antes de lo que yo esperaba. Pero en cuanto sacamos la nariz o la proa, que para el caso viene a ser lo mismo, por la punta del Pinar, vimos que aquello era algo más que una brisa que casualmente venía precisamente de la dirección hacía donde pretendíamos ir.
El mar que se extendía ante nuestro ojos era un inmenso prado azul tapizado de ovejas blancas que muy juguetonas ellas, saltaban una sobre otra y en cada salto una salpicadura.
Mercedes solo necesito dos salpicaduras para recoger la crema, el tabaco, la revista y meterse dentro.
Ana de una parte por vivir nuevas experiencias pero sobretodo porque no acababa de ver claro lo de meterse dentro, aguantaba en la popa firmemente agarrada al pasamanos.
Cuando empezamos a entrar en la bahía de Alcudia José Carlos me hizo recoger una parte de la vela mayor. Si recogerla entera ya es difícil; hacerlo a medias y con el barco dando pantocazos era casi imposible. Dentro, todo: cazuelas, paellas, , revistas, calzoncillos, todo fue a parar al suelo. Todo menos la tele que Mercedes tenía fuertemente agarrada entre las piernas, porque hiciera el tiempo que hiciera, ella el serial de la tarde no lo perdonaba.
En cada pantocazo me parecía oír gemir el barco, pero él había decidido que íbamos a Porto Colom y a Porto Colom iríamos.
- ¿Quieres decir que no hace mala mar?
- Pero qué dices. Si hace un día cojonudo. Mira aquellos como escoran.
A unos cincuenta metros de nosotros por el costado de estribor navegaba un barco de bandera francesa que parecía seguir nuestro mismo rumbo.
- Ahora verán esos lo que hace la mano de un maestro. Lo menos les sacaremos dos largos.
Y José Carlos dio un golpe de timón con lo que el Escándalo quedaba oficialmente inscrito en una regata en la que el único participante era él.
- Tensa la escota de la mayor. No tanto ¡Bestia! Amolla el carro de la escota. Caza la contra. Amolla la escota de babor. Desplaza el carro a estribor. Amolla, caza, vuelve a cazar. Amolla. A babor. A estribor. Cuninghan a tope.
- ¿qué?
- Relinga Tensada. ¡Bordo!.
Mientras el velero francés seguía impertérrito la línea recta que con buen criterio su patrón había marcado, el Escándalo iba dando tumbos sobre las olas, cada vez más considerables, ahora proa a tierra, ahora hacia el horizonte, otra vez a tierra, una vez más hacia el infinito mar.
- ¡Joder! Se me han mojado las gafas..
- Oye, ¿no sería mejor ir todo recto? – me atreví a sugerir.
- Ay Miguelito, miguelito. Cuantas cosas te quedan por aprender. Apúntate ésta y tenla siempre presente, porque es el secreto de los ganadores. La distancia más corta entre dos puntos no siempre es la línea recta.
Ante mi manifiesta ignorancia en cuestiones marítimas y la seguridad y contundencia de su afirmación, poco podía decir, así que seguí obedeciendo sus órdenes.
- ¡Bordo!
Eso sí, he de reconocer que en las cerca de cuatro horas que duró aquel suplicio aprendí mucha teórica. Por ejemplo que a parte del viento que hacía, que no era poco, había otro tipo de viento, el aparente.
- … la suma del viento real, el que hace, más la velocidad del barco. ¿Lo pillas?…
Y que para navegar por el mar, además de leer el periódico, las circulares de la Caixa y alguna novelita, necesitaba saber leer la costuras de las velas que viene a ser algo así como la letra pequeña de las hipotecas que puedes interpretar de mil maneras aunque solo una es la correcta.
- Cagonla. Bordo.
- Pero si acabamos de virar.
Poco a poco el barco francés se fue perdiendo por nuestra proa hasta convertise en una pequeña linea blanca que al poco desapareció por la punta del cabo.
- Francés tenía que ser.
Y es que a veces en el mar, la distancia más corta también es la línea recta.
Aquella noche no dormimos en Porto Colom. Tuvimos que guarecernos en Cala Ratjada amontonados junto a otros ocho veleros delante de la gasolinera.

continuará….


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by admin at August 12, 2008 12:56 AM

August 10, 2008

Estrella Esteve

A toda vela - 11

- Si señor. Lo mejor de la vela son los restaurantes del puerto.
Una de las pocas frases sensatas que le escuché decir en todo el viaje.
Nos encontrábamos en la terraza del restaurante de la lonja del puerto disfrutando de una preciosa panorámica sobre la bahía, salpicada por una más que considerable cantidad de barcos, que se mecían suavemente en las encalmadas aguas componiendo un espectáculo de gran belleza, un escenario aparentemente dispuesto para nuestro disfrute. Una ligera brisa de tierra refrescaba el ambiente. Por una vez tenía que darle razón.
José Carlos estaba radiante, con aquel color de asado acabado de salir del horno cuatro cabellos blancos, que no canas, estratégicamente distribuidos en su cabellera oscura rizada y convenientemente engominada le daban un cierto look a banquero triunfador de los ochenta. Su magnifico Rolex era el colofón perfecto a unos brazos bien musculazos a base de paddle. A su lado Mercedes perfecta, como siempre, y enfrente nosotros. Anna muy digna a pesar de que el sol le había hecho una mala jugada y ahora tenía la marca de las gafas como si acabase de volver de la Molina y sus maravillosos rizos bajo el efecto de la humedad parecían haber declarado la independencia unilateralmente, cada uno por su lado. Por mi parte yo lucía una camiseta de la Caixa sobre bermudas al tono, por calzado llevaba unas zapatillas que me había traído de casa, aún no sé porqué, pero que en aquel momento agradecí, porque tal como tenia los pies ni loco me ponía yo otro calzado. Dado el lamentable estado de mis costilla y espalda debía estar sentado un poco de lado y si no fuera por lo de la nariz, seguramente nadie se habría fijado en mi.
- Desde luego hay que ver cómo se te ha puesto eso.
Mi pobre nariz acostumbrada a vivir bajo un fluorescente, tras tantas horas de sol había tomado todo el aspecto de un pimiento morrón, más destacado por mi incipiente calvicie que protegida bajo la gorra había conservado su níveo aspecto.
Pero en realidad, en aquel momento, poco me importaba la nariz y los comentarios que sobre ella hacían, por lo bajini, los vecinos de la mesa de al lado. Yo lo que quería era comer sobretodo cuando el maître no presentó aquel espectáculo gastronómico en forma de cazuela de la que emergían, de un mar de esencias, los restos de aquel animal tan feo como sabroso.
- Os importa si me sirven a mi primero. Es por el régimen – dijo Mercedes tan educada como siempre.
- No mujer, no. Como va a importarles. Camarero, haga el favor de servir primero a la señora.
Tras darnos las gracias con una sonrisa llena de malicia Mercedes se dirigió al camarero
- A mi póngame solo bicho, nada de pan ni de suco
El régimen de Mercedes, que según nos explicó no suponía ningún esfuerzo y daba unos resultados espectaculares, a la vista estaban, consistía en no mezclar alimentos. Así, la caldereta de langosta, un plato en que como todo en la vida hay una de cal y una de arena, es decir una de pan y una de langosta, en la versión de Mercedes se convirtió en una de langosta y otra de langosta, también.
- ¿Le parece bien a la señora?
Y Mercedes hizo un mohín con su naricita perfecta, tan perfecta como se la supieron dejar en la clínica Planas, y con una sonrisa esplendorosa que dejaba admirar sus incisivos inmaculados y perfectamente alineados señaló con el dedito una patita más.
Ana aún tuvo suerte porque enganchó un trozo de cabeza, una antena y un pedacito de cola. José Carlos que no seguía no se anduvo con rodeos.
- A mi mucho de todo.
Aún puedo dar gracias a la pericia del camarero que de las profundidades de la cazuela supo rescatar unas migas de la cabeza y pan, mucho pan.
- No sabéis la envidia que me dais – decía Mercedes mientras su lengua se paseaba sobre los restos del crustáceo.
De postre, Ana pidió sorbete de limón, José Carlos una greixonada y Mercedes un gató, postre típico mallorquín, con helado de almendra y nata montada. Para mí fueron un descafeinado y la cuenta:
De regreso al pantalán me pareció que las cosas no estaban exactamente cómo las habíamos dejado.
- ¿No te parece que está más bajo? – dije al ver que la proa del Escándalo que poco antes lucía orgullosa sobre el muelle tanto que para subir había que levantar la pierna por encima del ombligo, y que ahora estaba a la altura de un bordillo.
- Es la marea nocturna – dijo él
Quizá si era eso pero, curiosamente, la marea no parecía afectar de la misma forma a los demás barcos, incluido “el plástic fantàstic” cuya proa emergía del pantalán como la del mismísimo Quen Elizabeth. De repente un grito cortó mis pensamientos.
- ¡Ah! Mis zapatos – grito Mercedes.
Instantes después a una velocidad digna de ser resaltada, Mercedes estaba en el pantalán con tres maletas conteniendo todas sus pertenencias; todas las que no se habían mojado y el neceser.
El Escándalo iba camino del hundimiento y todo por culpa de aquella cuerdecita que no era cuerda, porque es ese caso era la guia de popa y que al enredarse en el eje de la hélice había provocado un pequeño desplazamiento de este, pequeño pero suficiente para hundir un barco.
José Carlos sin perder la calma ponía en marcha la bomba de achique poniendo en estado de alerta a nuestros vecinos, porque las bobmas de achique no estan pensadas para funcionar a las 2 de la madrugada.
- Ahora vuelvo, voy un momento al hotel a llevar a Mercedes que si se moja los pies se le corta la regla.
En medio de un mar interior donde flotaban rollos de papel higiénico, un cartón de Winston, los calcetines de José Carlos, y las galletas de Sigüenza Ana y yo estuvimos cerca de tres horas recogiendo agua.
A la mañana siguiente mientras Ana y yo dormíamos en la playa bajo un parasol de alquiler, los marineros del puerto sacaban al Escándalo del agua para arreglar el dichoso eje.
A ellos no les vimos en todo el día. Desgraciadamente a Mercedes del disgusto se le cortó la regla y se fueron en coche a que la viese su ginecólogo que, casualmente, estaba atracado en Puerto Portals. Todas las noticias que tuvimos de ellos fue una llamada a eso de las cuatro de la tarde para saber cómo iban las reparaciones y si habíamos llevado la ropa a la tintorería:
- Oye. Mira de pasarte por algún súper y compra lo que se haya estropeado. Después ya pasaremos cuentas.
Pasadas las diez la noche ya estaban de regreso, ella acabadita de salir de la pelu, con una bolsa de Adolfo Domínguez en cada mano y él con seis pares de calcetines nuevos.
- Y mañana, a primera hora, hacia el sur.
Continuará…

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by admin at August 10, 2008 11:45 PM

August 09, 2008

Estrella Esteve

A toda vela - 10

A eso de las cinco y media, llegábamos a puerto, un marinero que paseaba con su bicicleta nos guió hasta el amarre número 290, y a las seis en punto el Escándalo volvía a estar bien amarrado tras una maniobra que se podría calificar como perfecta, facilitada en parte por el hecho de que ni en el amarre número 289 ni en el 291 había nadie.
Aún no habíamos parado el motor cuando sentí el latigazo del sol. Hacía un calor insoportable, no olvidemos que estábamos en plena canícula. El puerto se me presentaba como un horno y en el Escándalo no había donde esconderse. Pero cada problema tiene su solución y en este caso la solución se llamaba toldo.
- Vais a tener el honor de estrenarlo. No te puedes imaginar lo que me ha costado, pero, ya verás. Vale la pena.
La idea en si misma no era mala, un toldo que teóricamente debía cubrir medio barco desde el palo hasta la popa. Lástima que para colocarlo teníamos que superar unos cuantos obstáculos, los obenques (unos cables que sujetan el palo por los lados y que claro, quedan justo en medio del paso), la botavara (percha, para mi un palo, que se articula con el mástil, alias palo, y permite envergar la vela mayor), el estai (Cabo que asegurado a un palo o mastelero, se afianza a proa para que dichas perchas no caigan hacia popa, para mi el cable que va desde lo alto del palo hasta la popa, justo por donde pasas para bañarte), el timón y el pote de crema de Mercedes.
- No, no espera. Me parece que lo estamos haciendo al revés.
Un toldo es un accesorio casi imprescindible en un velero, a no ser que quieras coger una insolación.
- Esto… No, Miguel mira. Me da la impresión de que esto tendría que ir por encima de la botavara… Si, claro. O no.
Este problema del sol no lo tienen la mayoría de motoras, con su saloncito interior y aquella especie de porche que tienen a popa, como la que estaba amarrada en el número 288, donde un señor bajito estaba tranquilamente sentado en su tumbona con un refresco sobre la mesa leyendo el Sport.
- Manda huevos. ¿Cómo coño debe de ir esto?
Claro que hay otras formas de evitar el sol, como la de aquel hippie sin reciclar que sentado a la sombra de un parasol medio desballestado, leía tranquilamente el Financial Times en la cubierta de su velero, tan pequeño que los pies le colgaban por la borda y al que había bautizado con el original nombre de “El plástic fantástic” (el plástico fantástico”.
- Y si lo atamos aquí – sugirió.
- Si, pero entonces ¿Qué hago con todo esto?
- ¡Córtalo!
Después de una larga serie de maniobras, que no explicaré por no alargarme, al final conseguimos dar una cierta solidez a aquella estructura que si tenemos en cuenta que mis habilidades por lo que hace al bricolage no son muy notables y que José Carlos no sabe ni abrir el capo de su coche, que en su vida ha cambiado una bombilla y que cuando se le estropea algo, sea lo sea, maquinilla de afeitar a nevera, simplemente va y se compra otra, pues la verdad es que no quedó del todo mal
- Ay qué bien. Una cuerda.
Con las braguitas, los calcetines y las tres toallas que Mercedes colgó, el Escándalo perdió toda su prestancia.
Ana y Mercedes se fueron hacia las duchas, Ana con una toalla, jabón y espuma para el cabello, mientras que Mercedes hacía lo propio convenientemente pertrechada con un neceser que parecía una maleta. De buena gana me hubiera ido con ellas, pero antes había que arreglar el tema del ancla.
Mientras José Carlos se iba a la ferretería a por un mosquetón y ya de paso compraba tabaco y se tomaba un cubata, yo que no tengo lumbalgia crónica, ni fumo ni me gustan los cubatas, me ocupé de sacar a Montserrat y sus ochenta metros de cadena del pozo de anclas.
Después estaba la cuestión eléctrica, había que “enchufar” el barco. Con dos alargos de treinta metros recorrí todo el pantalán hasta encontrar un enchufe libre, para cuya posesión hube de discutirme con un alemán con aspecto de vikingo que pretendía hacer valer sus derechos, derechos que no tenía, a base de todo tipo de lo que parecían exabruptos a los que yo contesté con los míos en catalán que ni de largo producen el mismo efecto.
Para llenar los depósitos de agua tuve que pedir ayuda al hippie que muy amablemente me dejó su manguera, que unida a la nuestra me permitió conectar a una tercera manguera de propietario desconocido que a su vez estaba conectada a una de un francés, que aquella sí que llegaba a la única torreta de donde salía un lánguido chorrito de agua con el que una hora después solo había conseguido llenar medio deposito.
Después de recoger los restos del aperitivo, José Carlos quiso limpiar la cubierta, él con la manguera y yo con el estropajo.
Con el toldo puesto, las braguitas secándose al sol, la batería cargándose y el depósito lleno de agua pondría pensarse que ya estaba todo. Pues no. Porque había llegado la hora de Eugenia.
José Carlos es de aquella clase de gente que tiene una clara tendencia a poner su toque personal en todo lo que toca, por eso su barquita auxiliar, que podía muy bien llamarse así, barquita auxiliar, o auxiliar simplemente, o tender como la llaman los ingleses, xàvega en catalán o chinchorro para casi todo el mundo, la suya se llamaba Eugenia; que para acabar de redondearlo era el nombre la esposa del señor del amarre número 288.
Eugenia había venido con nosotros dentro de una bolsa atada en la cubierta, y mientras estuvo allí dentro no dio ningún problema.
- Vete hinchándola
Ana y Mercedes volvieron de las duchas frescas como dos rosas, una con sus shorts del Decathlon, la otra con unos pantalones de gasa, su top de transparencias y unos zapatos de lentejuelas.
- Vamos un momento a la farmacia.
Cuando Ana y Mercedes volvieron de la farmacia yo aun seguía con Eugenia.
- Mientras tú acabas de hinchar yo me voy a la ducha.
Cuando José Carlos regresó afeitado con el cabello recogido en una colita, envuelto en una nube de Paco Rabanne yo aun seguía hinchando.
- Pero ¿qué haces? ¿No ves que esta pinchada?
Afortunadamente el hippie que resultó ser un comerciante de Sabadell que acababa de separase de su mujer, tenia de todo en su barquito y al poco el agujero de Eugenia ya estaba arreglado y en un tiempo récord la teníamos hinchada y en el agua. Por fin a eso de las ocho y media me llegó el turno de ducharme.
- Esto, Miguel. No te entretengas que tengo mesa reservada.

Continuará…